Cuando eres tú quien deja

Cuando eres tú quien deja
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Entiendo a la perfección todo lo que ha pasado, entiendo que sientas esa traición y que esa persona conforme todo el objeto de tu odio… pero todos debemos entender esa parte que nos resulta totalmente ininteligible cuando sucede y llega a nuestra vida. Ese perfil que odiamos, que rechazamos, sobre el que argumentamos “jamás haré una cosa así a una persona que me quiera”… ese perfil debemos hacerlo nuestro antes de que nos coma por los pies y nos deje sin aliento.

Te cuento algo que define la esencia de este espacio y que supone el que es probablemente mi pilar emocional más fuerte. Algo que se constituyó tras escuchar esto:

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-Levántate y recoge tus cosas, te tienes que ir de casa hoy mismo.

Con esa frase de hecatombe me despertó mi pareja una mañana de verano; lo nuestro se había terminado. Lo siguiente que recuerdo es sentirme desorientado, confuso, con el corazón desbocado y sin saber muy bien por dónde empezar.

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Había estirado demasiado la cuerda.

Llevábamos seis años juntos, pero lo nuestro no funcionaba. Mi problema fue que me llevé un palo muy gordo con mi primera separación, y me costó superarlo. Estuve años buscando la forma de eliminar aquel dolor, y pareja tras pareja, fui creando una versión de la Vida donde el Amor no tenía cabida. Fui insensibilizándome.

Así, durante un tiempo en el que pensé que el Amor no existía, que era todo fruto de películas e insufribles canciones de amor, me insté a mí mismo y a los demás a tener convivencias tranquilas, sin altibajos, esquema que consideré el más adecuado para tener una relación. Bastaba, por tanto, con tener una simple relación de amistad, cariño y sexo con una persona para estar junto a ella, a pesar de que la complicidad y la visión de la Vida difirieran por completo.

Vivir relaciones sosegadas pero sin Amor, antes que relaciones turbulentas llenas de ego.

Viví engañado durante mucho tiempo en este perfil, pensando que el Amor no existía. Y este engaño me hizo pensar que mi relación era buena, y seguimos juntos mucho tiempo pese a que no compartíamos gustos, no teníamos las mismas costumbres familiares, no teníamos la misma visión de futuro y no hablábamos de absolutamente nada que fuera transcendental, nada más allá de problemas del vecindario, del trabajo o de algo que faltaba en la nevera y había que comprar.

Había pasado varios años en mi propia burbuja, alejándome de ella, para encontrarme con esa parte tan perdida que era yo mismo. Me faltaba Amor.

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-Dame dos días al menos.
-No tienes dos días, cuando llegue de trabajar no quiero verte aquí.

De repente, unos meses antes de que esto sucediera, conocí a la mujer de mi vida. Sí, a la persona que te Ama de la misma forma que tú la amas a ella. Todo cambió. Absolutamente todos mis esquemas se vinieron abajo, y pasé meses sin ganas de seguir en una relación improductiva y yerma, sin vida.

-Pero… me tienes que dar algo de tiempo…
-O sea, que estás de acuerdo en que nos separemos. Tienes que irte hoy.

Sí… el clásico (y justificado) rencor y dolor del dejado. Yo, sin embargo, había hecho mi despido emocional con el tiempo: había pasado mañanas, tardes y noches pensando, sufriendo y llorando por una relación a la que no le veía futuro. Me había dejado arrastrar por el cariño, la comodidad, la pena, las costumbres… Pero si no conoces el verdadero Amor, si piensas que vives una relación de Amor, que lo demás es todo mentira, ¿cuándo parar todo aquello? ¿Por qué un día decir “me voy, esto se ha acabado”, si no hay problemas graves y piensas que el Amor sólo es para las películas?… Aquella relación me hacía sentirme suavemente algodonado y mullido, pero por otra me había agriado el carácter en los últimos años, molestándome todo lo que mi pareja decía y hacía. Sencillamente porque no estaba enamorado de ella.

Seguí pensando, a pesar de todo, que quizás había que aguantar eso, que quizás las relaciones son así, que el amor “acaba por gastarse” y lo que queda es una convivencia soportable, sin altibajos, donde no hay que rendir cuentas emocionales a nadie. Y me equivoqué. Y por equivocarme, por seguir en una relación sin estar enamorado, CLAVE PARA VIVIR YA SEA UNA RELACIÓN, UN TRABAJO O UN VIAJE, por no sentir ese Amor tan necesario que hay que sentir al vivir, me agrié, me distancié, me encerré en mi mundo… y permití que mi pobre novia se dejara la vida por agradarme.

Cuanto más salía ella de su Centro, más me metía yo en el mío, obviando todo ese soporte que me atosigaba y me ponía contra las cuerdas. Cuanta más ayuda, apoyo y cariño, más distancia, sin saber que lo que necesitaba era quererme lo suficiente para dejar aquello. Sentirme querido por una persona que me ayudara a descubrir el Amor, pero que al llegar a mi vida todo fuera un cambio suave y sin fisuras: yo saltaría a una nueva relación, mi novia a otra, ambos felices y ningún trámite duro que vivir.

Pero llegó la nueva relación.

No pasó nada porque esa persona no quiso que pasara… y porque suficiente sentimiento de culpa arrastraba yo por hacer daño a mi pareja, con la que había tanto cariño. Pero pasó lo más importante, que fue mi silencio y mi apatía ante una relación insalvable. Y aún más, algo que me dio por completo la vuelta a mi cabeza: llegar a casa y acostarme con mi novia no me hacía pensar que engañaba a mi novia… sino que engañaba a la persona de la que me había enamorado. Fue el mayor dolor.

Transformar esos sentimientos fue lo más duro que me tocó vivir… y, por supuesto, me merecí aquel “recoge tus cosas”. Sin embargo, meter toda tu vida en ocho bolsas de basura, sentirte desahuciado y desubicado, sin saber qué hacer ni qué decir, es una de las experiencias emocionales más dolorosas que un ser humano puede sufrir.

A esa decisión, básicamente tomada por ella porque no tuve el valor de tomarla por haber estado ciego ante lo que ocurría durante muchísimo tiempo, se le unió la opinión de aquellos que no vivieron en mi piel, ni escucharon mis lágrimas, ni supieron de mi infelicidad. El resto de mi vida fluía de forma perfecta, pero mi núcleo emocional era un desierto; había aparcado y acallado todas mis necesidades emocionales y psicológicas hasta el punto de pensar que yo no tenía por qué merecer algo tan irreal e infantil como “el Amor verdadero”.

Cuando aquella gente supo de mi ruptura, cuando supieron que yo había dado de lado la relación por otra persona y sin saber absolutamente nada de lo ocurrido con mi pareja ni con la nueva persona -ni mucho menos lo que yo había llorado por sentirme confuso-, revisaron sus recuerdos, sacaron a flote sus despechos y me señalaron con un acusador dedo que me configuraba como el culpable, el malo, el cabrón, el cerdo y toda una serie de halagos que me fue difícil sobrellevar durante bastante tiempo.

Me calmé, porque entendí que todas esas personas que no conocían nada de lo que yo viví, HABLABAN ÚNICAMENTE POR LO VIVIDO POR ELLOS, POR SU DOLOR. Todo ese odio que proyectaban sólo hablaba de lo que ellos sufrieron, no de lo que yo sufrí, y entendí que NO HABÍAN RESUELTO SUS RUPTURAS EMOCIONALES. Encontré, por supuesto, un montón de gente que había sido dejada y había tomado la decisión de dejar, y entendió mi postura, mi error y mi debilidad nada más verme con tal nubarrón sobre mi cabeza. Sólo las personas que habían vivido el dolor de cerca supieron ponerse en mi piel. El dicho que corre por empareja2 “como te ves me ví, como me ves te verás”, cobró toda la fuerza y significado del mundo, y saqué una de las conclusiones más humanas y esclarecedoras, pero también más dolorosas, en las que he podido reflexionar:

aquello que condenes te acabará condenando.

Sí… así fui yo en su día… ¡qué grandes piñas hice con amigos, maldiciendo a mis ex! ¡Qué malas personas parecieron aquellas personas que decidieron dejarme y mirar por su felicidad! ¡Qué montañas de reproches vertí sobre todas ellas, y qué de promesas me hice a mí mismo diciendo “jamás seré como tú”…

… y todas esas condenas, me condenaron. El haber dejado que ella me complaciera, que ella se desviviera por una relación infructuosa, me anulaba moralmente. Me resultaba muy difícil perdonarme a mí mismo: esta ruptura me enseñó mucho después a hacerlo, a lidiar con el sentimiento de culpa que sentía y que duró tanto tiempo.

¿Entendéis ahora por qué en mi libro y en mis consejos sólo hablo de RESPETAR LA DECISIÓN DE LA PERSONA QUE TE DEJA, SIN VERTER ODIO HACIA ELLA? Todos nos podemos ver en ese horrible y oscuro lugar que es vivir algo que no quieres vivir. ¿Cómo se dio esa situación? Quiso la Vida crear un hermoso giro lleno de justicia, tener miedos a la hora de relacionarme, y embarcarme en una aséptica relación en la que jamás sentí Amor. Y con el cariño y la tranquilidad de algo que, básicamente, funcionaba, seguí dejando pasar los meses y los años, hasta que mi núcleo, mi Centro, mi espíritu no pudo más con la situación, y sólo cuando apareció la persona de la que me enamoré pude comprender hasta dónde habían llegado mi propia negación, mis miedos y mi absoluta falta de perspectiva.

Dejar a una persona a la que quieres, es tan doloroso como ser dejado por quien amas. Es una lección que sólo la persona que deja a otra conoce, vive y sufre. Y es que es casi imposible hacer ver a una persona dejada que la persona que deja sólo mira por ser feliz sin intención de hacer daño… pero es la condena de esa actitud, es el odio hacia esa difícil decisión, lo que un día hará que la vida dé la vuelta y se sufra por todo lo condenado.

Os animo a que entendáis las decisiones de quien os deja, sin permitir jamás que se os haga más daño del que vosotros mismos os querríais hacer.

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