Discusiones, cómo evitar que erosionen a la pareja

Discusiones, cómo evitar que erosionen a la pareja
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Confortar opiniones, disintiendo y hacerlo sin entrar en discusión hiriente es algo que la mayoría de las parejas consideran complejo de llevar a la práctica.

Hay parejas que pasan la vida discutiendo y de este modo su relación se desgasta poco a poco. En el otro extremo, algunas parejas reprimen sus sentimientos negativos por evitar conflictos y no discutir. Como consecuencia de esta represión de sus sentimientos, pierden también el contacto con sus sentimientos de afecto. Podría decirse así, que en el primer ejemplo la pareja está en guerra y la otra en guerra fría.

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Lo ideal es que una pareja encuentre el equilibrio entre los dos extremos. La pauta básica es saber llegar a debatir los pros y contras de las cosas, razonando y negociando. Pero sin una comprensión de las diferencias existentes entre hombres y mujeres, es muy fácil entrar en discusiones que dañan no sólo al compañero o a la compañera, sino a nosotros mismos. El secreto para evitar las discusiones está en una COMUNICACIÓN afectuosa y respetuosa POR AMBAS PARTES.

Algo fundamental es que en la mayoría de las ocasiones no son las diferencias y los desacuerdos lo que hace daño, sino EL MODO EN QUE LOS COMUNICAMOS. Muchas veces, las parejas comenzamos a discutir sobre un tema o cuestión y, enseguida, estamos discutiendo sobre el modo de discutir.

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Nos negamos aceptar o comprender el contenido del punto de vista del compañero o compañera, y ello se debe al modo en que enfocamos la cuestión. Para resolver una discusión debemos tratar de extender nuestro punto de vista integrando en él el punto de vista del otro. Para poder dar este paso, necesitamos sentirnos valorados y respetados. Si la actitud de nuestra pareja es poco afectuosa, nuestra autoestima puede sufrir daños si adoptamos su punto de vista.

DE QUÉ Y POR QUÉ DISCUTIMOS

Los hombres y las mujeres solemos discutir acerca del dinero, el sexo, las decisiones, los horarios, los valores, las influencias de las familias respectivas y cuando se convive y hay hijos, por las responsabilidades domésticas y por la educación de los hijos; estos son los puntos de controversia y/o fricción más habituales en pareja. Sin embargo, las charlas y negociaciones se convierten en penosas discusiones por una respuesta biológica que entra en acción cuando nos sentimos “amenazados”. Es la parte de nuestro cerebro que está regida por “respuesta pelear-o-correr”; esa parte básica de nuestro cerebro, la más primaria, llamada “cerebro reptiliano” (teoría de Paul D. Maclean) es una característica animal que a pesar de nuestra larga evolución como seres humanos conservamos y que nos ha permitido sobrevivir. Esa es la parte que provoca las reacciones instintivas; esa parte hace que una persona que se siente amenazada trate de vencer o escapar.

POR QUÉ HACEN DAÑO LAS DISCUSIONES

Como hemos dicho, en muchas ocasiones lo que hace daño no es lo que decimos, sino el modo en que lo decimos. Ocurre con frecuencia que el hombre se siente desafiado ante un planteamiento de su pareja, y su atención se concentra entonces en tener razón, disminuyendo automáticamente su capacidad de comunicarse en un tono afectuoso, respetuoso y tranquilizador. No es consciente de la falta de consideración de sus palabras ni del daño que ello puede hacer a su compañera. En tales momentos, un simple desacuerdo puede parecer a nuestros oídos un ataque; una petición se convierte en una orden. Nosotras de manera natural, nos resistimos a este trato tan poco afectuoso aun cuando podríamos de otro modo ser más receptivas al contenido de lo que él nos dice.

Él sin darse cuenta, hieren a su pareja en su modo de dirigirse a ella y, luego, le explica por qué no debe disgustarse. No comprende la reacción de ella y hace hincapié en los méritos de sus propias palabras, en lugar de corregir el modo de pronunciarlas. Él defiende su punto de vista y ella se defiende a sí misma de unas expresiones pasadas de tono que le hacen daño. Cuando el hombre olvida respetar los sentimientos heridos de la mujer, los invalida y la hiere aún más. A ellos les cuesta comprender nuestro malestar, porque no son tan vulnerables como nosotras a los comentarios y tonos de voz desconsiderados.

Tampoco las mujeres nos damos siempre cuenta del daño que hacemos a los hombres. A diferencia de lo que le ocurre al hombre, cuando una mujer se siente desafiada sus palabras adquieren inmediatamente un tono de desconfianza y rechazo. Esta forma de rechazo hiere al hombre. Las mujeres iniciamos y hacemos escalar las discusiones manifestando primero sentimientos negativos en relación con la conducta de nuestra pareja para luego por alguna razón innata damos consejos que éste no nos ha pedido. Cuando olvidamos amortiguar nuestros sentimientos negativos con mensajes de confianza y aceptación, ellos responden de manera negativa y nos dejan confundidas. Tampoco nosotras somos siempre conscientes de en que medida nuestra desconfianza les hiere a ellos.

NEGAR, FINGIR O DEJAR K.O. NO ES LA SOLUCIÓN

En ocasiones, tanto hombres como mujeres, tememos al enfrentamiento y nos NEGAMOS A HABLAR, y así, nada se soluciona. En lugar de discutir, algunas parejas dejan de hablar de sus diferencias. Se trata de una conducta pasivo-agresiva. Tienen un modo de intentar conseguir lo que quieren, y éste consiste en castigar al compañero o compañera ignorándoles. Les hacen daño indirectamente, privándoles lentamente del afecto que merecen. A corto plazo esta actitud parece dar la paz, pero si las cuestiones no se hablan y se manifiestan los sentimientos se crearán resentimientos. A la larga, se desvinculan de los sentimientos de pasión y afecto que unieron a la pareja. Es frecuente que se recurra a excederse en trabajar, comer u otras adicciones a fin de abarrotar sus sentimientos dolorosos no resueltos.

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Otra actitud que algunas personas adoptan a fin de evitar sufrir daños en un enfrentamiento, es la de FINGIR y hacer como si no hubiera ningún problema. Con tal de no remover las aguas, es posible incluso que la persona se engañe a sí misma y crea que todo va “perfecto, muy bien, estupendo”, cuando en realidad no es así. Sacrifica, niega sus deseos, sentimientos y necesidades para evitar la posibilidad de conflicto.

Dominados por el “estado reptil” que hemos mencionado, hay ocasiones en que en la discusión alguno de los miembros de la pareja tira directamente a la yugular del otro con sus comentarios y actitudes tratado de DEJARLO K.O. Entre esas actitudes negativas demostradas en momentos de discusión destacan: poner apodos despectivos a la pareja y hacer comentarios irónicos y ofensivos; insultar o culpar a la familia de la pareja de alguno de los problemas; recordar y mencionar pasados incidentes que nada tienen que ver con la discusión en curso para demostrar que se tiene razón; presumir de las propias capacidades, méritos o experiencias propias en cualquier faceta sintiéndose superior, burlándose del contrario o contraria.

CÓMO ACTUAR ENTONCES

La primera reacción a una situación de conflicto en la pareja producida por las discusiones es tratar de reducir la tensión y el dolor producido, pacificar la relación y restablecer el sentido de seguridad y cooperación, y avanzar así hacía el reinicio de la intimidad erosionada. Las pautas básicas que apuntan los expertos son:

OBJETIVIZAR. Intentar comprender la naturaleza biológica del estrés y la ansiedad que han podido influir en el otro miembro de la pareja.

NEGOCIAR. Reconocer que casi todo por lo que se discute es en el fondo un intercambio, y que todo intercambio es negociable.

RECOCONER ERRORES. Encontrar los patrones en los que cada miembro de la pareja despierta la ira y agitación en el otro.

RAZONAR. Obligar a nuestro cerebro a usar destrezas de razonamiento para descifrar nuestras necesidades.

IDENTIFICAR NUESTRAS NECESIDADES. Ser conscientes de qué necesitamos en momentos de estrés y ansiedad y pedir ayudar a nuestra pareja para superarlos.

FACILITAR LA CALMA. Desarrollar métodos para mutuamente tranquilizarnos cuando estemos de mal humor, cansados o tensos.

Ya sabemos que hacen falta dos para discutir, pero sólo uno para poner fin a una discusión. Por eso el mejor modo de poner fin a una discusión es detenerla en seco. Hacerlo cuando un desacuerdo se está convirtiendo en discusión. El reto principal está en reconocer cuándo el cerebro de reptil está a punto de actuar y frenarlo. Hay unos síntomas que nos pueden dar la voz de alarma: tensión muscular, ritmo cardíaco acelerado, deseo de defenderse o de vencer, deseo de escapar. Cuanto antes intervengamos frente a la respuesta de pelear-o-correr, menos daño hará a la pareja.

Es entonces cuando hay que dejar de hablar y salir de la habitación o de la casa durante un rato. Aprovechar para liberar la tensión respirando profundamente desde el abdomen y reflexionar sobre el modo de dirigirnos a nuestra pareja y hacernos dos preguntas: ¿cuál es el motivo de esa discusión? Y ¿qué necesito ahora? Luego, pasado un rato, regresar y hablar de nuevo con él o ella, pero esta vez con sosiego y respeto. Entonces tal vez queramos plantearle lo mismo a nuestra pareja: cuál cree que es el motivo de la discusión y qué es lo que necesita. Se trata de aclarar así nuestras necesidades y temores.

Hablar de los temas que verdaderamente importan, no discutir por banalidades que no tengan influencia en la pareja. Sumar lo positivo de la pareja y construir intimidad. Hay que pedir aquello que necesitemos, sin esperar que nuestro compañero o compañera lo adivine. Hay que simplificar las cosas para que éstas no lleguen a un malentendido, preguntar, conversar; y cuando se llega a un acuerdo que éste sea una expectativa alcanzable que podamos cumplir pero si éste no se llega a cumplir no hay que dramatizarlo, es normal en una convivencia dar dos pasos adelante y uno atrás, no es el fin del mundo.

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