El comportamiento sexual

El comportamiento sexual
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La aparición de la reproducción sexual en las formas de vida primitivas de la Tierra, surgió como un mecanismo para aumentar la variabilidad y minimizar la probabilidad de heredar genes defectuosos mediante el entrecruzamiento de dos juegos genéticos diferentes, el masculino y el femenino. De modo que podemos decir que la biología terrestre se rige desde entonces por un principio draconiano: cuanto más distinto, mejor. La diferenciación de una misma especie en dos sexos distintos mejoró su capacidad de adaptación a un ambiente cambiante e inestable.

Durante la evolución posterior, las diferencias sexuales iniciales se fueron acrecentando progresivamente hasta derivar en los cambios genéticos, anatómicos, fisiológicos, neurológicos, sensoriales, hormonales y de comportamiento que observamos en la actualidad. La divergencia entre ambos sexos siempre ha estado guiada por el afán de mejorar su compenetración, complementándose respectivamente con el objetivo de mejorar su eficacia biológica. Las diferencias no nacieron para alejar ambos sexos sino para acercarlos desde la diferencia y mejorar el resultado global. Pero para conocer las claves que permiten explicar el comportamiento sexual humano, es necesario indagar profundamente en su propio origen.

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El motor del cambio
Los seres vivos albergamos en nuestro interior, en todas y cada una de las células que nos componen, un material formado por ácidos nucleicos conocido como ADN. Este es como un libro donde están escritas todas las características que nos identifican como especie y actúa como un manual de instrucciones para conferirnos una determinada forma. El material genético tiene un sistema de copia que roza la perfección, transfiriéndose copias idénticas de generación en generación, pero existe una mínima probabilidad de que esta copia sufra errores y se transmita material genético diferente (mutado), dando lugar a cambios en las características de los descendientes. Este fenómeno explica la variabilidad de las especies a lo largo de la historia de la Tierra, dando lugar a lo que conocemos como evolución.

En 1858, Charles Darwin presentó la ‘teoría de la selección natural’, según la cual, en un medio competitivo donde se disputan los recursos (alimento, espacio…), las nuevas características genéticas (producto de un error de copia) que proporcionaran una ventaja al descendiente, serían las que irían pasando de generación en generación aumentando su proporción, ya que fomentarían su supervivencia y/o una mayor tasa de reproducción. Es decir, que cualquier característica nueva que aumente las posibilidades del individuo de sobrevivir o reproducirse (ser más fuerte, más veloz, más ágil…) irá sustituyendo a la anterior característica en el código genético. En cambio, las características de carácter negativo, es decir, las que disminuyen las probabilidades de sobrevivir y/o reproducirse, irán desapareciendo progresivamente.

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Este sencillo mecanismo constituye el motor de la evolución de las especies, guardando en el ADN todas aquellas características ventajosas, pero dentro de una misma especie también existe una selección especial encarada específicamente al éxito reproductivo denominada selección sexual.

La selección sexual
En el mundo animal, el hecho de que en general los machos compitan entre sí por el acceso a las hembras, sugiere que la presión de selección es fuerte sobre la habilidad de los machos por acceder a aparearse, y sobre las hembras por elegir a su compañero de cópula. Esto explica que ambos sexos hayan desarrollado un comportamiento diferente, ya que sus respectivas finalidades son bien distintas. El comportamiento de un sexo marcará su interacción con el otro y, por tanto, determinará su éxito reproductivo (medido como el número de hijos), del que depende que sus genes se transmitan a la siguiente generación.

La selección sexual juega al margen de la selección natural, pudiendo incluso oponerse a esta. Un ejemplo de esto son algunas especies de aves cantoras tropicales que han desarrollado un plumaje tremendamente colorido. Este plumaje atrae a las hembras porque es indicador de un buen estado de salud, de fuerza y vigorosidad, aumentando sus probabilidades de aparearse, pero por el contrario, juega en su contra al desproveerlo de camuflaje otorgándole unos colores excesivamente llamativos que facilitan que sea devorado por algún depredador (disminuyendo su probabilidad de supervivencia).

La conclusión es que, a lo largo de la historia de la vida, desde la aparición del sexo, los individuos no han adquirido su actual estructura únicamente por estar mejor acondicionados para sobrevivir en la lucha por la existencia (selección natural), sino también por haber ganado alguna ventaja sobre los otros miembros de su mismo género, transmitiéndola a su prole exclusivamente (selección sexual). Como machos y hembras juegan un papel diferente en el apartado reproductivo, han ido desarrollando comportamientos distintos que se han ido inscribiendo en el código genético a lo largo de los años, constituyendo actualmente comportamientos innatos que no requieren aprendizaje.

El origen del comportamiento sexual humano
En el caso específico de la especie humana, estas diferencias nos vienen legadas por el estilo de vida de nuestros ancestros, los cazadores-recolectores del Pleistoceno. El hombre se dedicaba a cazar y traer comida a su familia, desarrollando una gran orientación para localizar a sus presas y traerlas a casa mediante ‘mapas’. Se sentía valorado por su trabajo y no necesitaba valorar las relaciones con los demás. Él era el buscador de comida.

En cambio, la mujer aseguraba la evolución de la especie cuidando a los bebés, controlando los alrededores de la cueva, desarrollando una gran orientación en las distancias cortas mediante los puntos de referencia. Con este fin, desarrolló también la percepción de los pequeños cambios en la conducta de los niños y adultos. Lo que llamamos el sexto sentido de las mujeres. Ella era la defensora del hogar.

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Los matices en las formas de vida de ambos géneros causadas por la especialización y repartimiento de sus tareas, fue confiriéndoles características y comportamientos distintos que la selección natural (sexual) se encargó de inscribir en sus respectivos códigos genéticos, llegando intactas hasta nuestros días.

Herencias del pasado
Las diferencias que hemos apuntado, son fruto de las distintas funciones que hemos venido desempeñando hombres y mujeres durante miles de años y, en base a estas, podemos dar una explicación científica a las diferentes aptitudes y/o actitudes observadas en la actualidad.

La consabida idea de que la mayoría de las mujeres aparcan en línea peor que los hombres tiene una explicación racional y científica. Una investigación llevada a cabo por una autoescuela británica reveló que en el Reino Unido los hombres obtenían una media del 82 por ciento de precisión al aparcar su coche en línea cerca de la acera. Las mujeres sólo obtuvieron un 22 por ciento de precisión. Y en Singapur, un estudio de similares características, obtuvo un resultado del 66 por ciento de precisión en el caso de los hombres, mientras que las mujeres sólo representaron un 19 por ciento en el test de precisión.

La explicación radica en el mejor sentido de la profundidad y de la perspectiva masculina, desarrollada en el desempeño de sus funciones ancestrales (la caza), que les confiere ventaja al tomar medidas. La menor coordinación y capacidad espacial femenina explica también la superioridad masculina en juegos como el golf, el billar y el tiro, juegos en los que, para ser bueno, no es necesaria la fuerza muscular, sino la coordinación, el tacto y la capacidad para saber estimar la distancia, los ángulos, la velocidad y la dirección.

En cambio, las mujeres pueden leer mejor la personalidad de la gente, estando mejor dotadas que los hombres para comprender los sentimientos humanos, son más sociables, se interesan más por los demás y, como son más emotivas, sienten la congoja ajena como propia mostrándose más empáticas. Parecen estar diseñadas para preocuparse por la gente. Estas cualidades se desarrollaron también debido a sus funciones ancestrales, ya que se encargaban de cuidar a la prole mientras los hombres cazaban, interactuando continuamente con otras personas, desarrollando una gran habilidad en las relaciones humanas y adquiriendo una gran destreza en la interpretación de los gestos humanos. Eso les ha conferido una inteligencia emocional muy superior a la masculina que les permite controlar perfectamente sus emociones y leer mejor las de los demás.

La domesticación del comportamiento
El término ‘sexo’ hace referencia a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, mientras que el término ‘género’ describe las funciones, derechos y responsabilidades establecidas por la sociedad y que las comunidades y sociedades consideran apropiados para hombres y mujeres. De modo que podemos decir que cada cual nace con su sexo (masculino o femenino), pero que a ser niñas, niños, mujeres y hombres lo debemos aprender de nuestras familias y sociedades.

Tanto hombres como mujeres poseemos cualidades propias (biológicas), específicas de nuestro sexo, pero estas diferencias son mínimas en proporción a las similitudes. Somos más iguales que diferentes, pero solemos destacar más las diferencias, debido a que nos llaman más la atención. Todo ser humano parte de un molde biológico (genético) que le viene impuesto de serie, pero este es moldeado por nuestra interacción con el entorno.

Todo comportamiento innato es susceptible de ser modificado por el sistema educativo, el cual nos enseña a reprimir nuestros instintos naturales en pro de la vida en sociedad. Existe una colisión entre nuestra naturaleza y nuestra cultura. El aprendizaje y la educación redirigen nuestros comportamientos naturales hacía otros políticamente más correctos. La lucha por igualar a todos los niveles los dos géneros es de vital importancia, pero debe considerar que desde el punto de vista de vista biológico somos dos sexos distintos. No se puede obviar nuestra propia naturaleza porque conllevaría la desnaturalización de la condición humana, tanto de hombres como de mujeres. No se trata de considerar iguales dos sexos que no lo son, sino de aprender a respetar aquello que es diferente y brindarle las mismas oportunidades independientemente de su sexo. Hombres, mujeres… tan diferentes, tan iguales.

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