El dolor

El dolor
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El dolor está presente en todas las rupturas sentimentales. Lo consideramos como un sentimiento negativo del que tenemos que huir en nuestra vida porque nunca nos va a aportar nada positivo. Pero el hecho es que no hay vida sin dolor, y puesto que es inevitable que aparezca en algún momento, tenemos que aprender a vivir con él, a vencerle el miedo y, por qué no, a sacarle su parte útil, si es que la tiene.

¿Es necesario el dolor? Enseguida diríamos que para nada lo necesitamos y que seríamos más felices sumidos permanentemente en una vida de placeres. Pero lo cierto es que en la vida todo es una contraposición entre opuestos, ambos necesarios para la existencia del otro; existe el frío porque existe el calor, existe un norte porque hay un sur, existe el bien porque existe el mal y existe el placer porque existe el dolor. Si no existiese el dolor, ¿cómo distinguiríamos lo que es placer?

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Tendemos a pensar que nuestra vida está encaminada a encontrar el placer y huir del dolor porque el dolor no es nuestro estado natural. Así, corrientes filosóficas como el Hedonismo persiguen como doctrina de vida el placer máximo e intenta suprimir toda forma de dolor o el Epicureismo, que considera el placer como el bien supremo al que podemos aspirar. Pero también podemos pensar que nuestro estado natural es el dolor dado que nuestro fin último desde que nacemos es morir y morir es el más grande de los dolores y al que más miedo tenemos. De hecho nacemos con dolor y lo primero que hacemos al tomar contacto con el mundo es llorar. Esto puede ser visto como el principio de la vida de sufrimiento y de pérdida que nos espera, cuya culminación final será nuestra propia muerte. Al nacer lo tenemos todo y con el transcurso de los años vamos perdiendo, la vida es pérdida, y mayor cuanto más se acerca a su fin, pérdida de facultades, de salud, de seres queridos, de tiempo que pasa, etc. De esta manera, si vemos la vida con un sentimiento de pérdida y dolor constante, cada estadio de placer será mucho más disfrutado y cada estadio de dolor mucho mejor asumido. El placer no será más que la ausencia temporal del dolor, que es nuestro estado natural. Tal vez sea un modo de resignación a lo inevitable, pero puede conseguir que el dolor no nos venza y acabe con nosotros. Sobre todo si, como es el caso, nos referimos al dolor moral, que es mucho más peligroso, más duradero y a la larga más dañino que el dolor físico.

Sin embargo, siempre sentimos que el dolor es algo que no nos corresponde por naturaleza. Si tenemos un golpe de suerte nos quedaremos conformes sin plantearnos si nos merecemos aquello tan bueno que nos ha pasado o si en realidad no lo merecemos. No ocurre lo mismo con una desgracia, una ruptura o una infidelidad. Nos asaltan las preguntas acerca de lo que habremos hecho nosotros para merecer algo tan malo. En algunas religiones el dolor es un castigo de los dioses. Pero, siendo el dolor un castigo, ¿qué tipo de premio sería entonces el placer? En filosofías orientales, más allá de premios o castigos, se dice que el sufrimiento está presente necesariamente por el juego de opuestos que rige la armonía del universo: placer-dolor, frío-calor, femenino-masculino. No podría darse el uno sin el otro. Y sin ambos no existiría nada.

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Sea como fuere, el hecho es que el sufrimiento está presente en todas nuestras vidas y nadie puede escaparse de él, tarde o temprano ha de llegarnos de alguna manera. Ya en la Grecia clásica decía Platón en el diálogo del Fedón que el placer y el dolor no quieren presentarse los dos juntos en el hombre, pero que si alguien posee uno de ellos, casi siempre está obligado a poseer también el otro. Si esto es así, asumirlo es una de las mejores maneras de estar preparado para ello.

Efectivamente se dice que no hay placer sin dolor. Sobre todo se dice en el amor. Y aunque se ha mantenido que el placer es lo contrario al dolor y que no se pueden sentir los dos simultáneamente, en las relaciones de pareja pueden aparecer los dos de la mano. De entre todas las cosas buenas que disfrutamos en pareja, la misma relación siempre lleva también intrínseco un reducto de dolor que en muchas ocasiones no nos deja ser del todo felices. Esto puede ser desde la inseguridad de no saber si somos correspondidos, hasta la incertidumbre del futuro de la relación, o la intranquilidad generada por la desconfianza, y así un largo etcétera. ¿Existe una relación que no tenga esta cara oscura? ¿Hay alguna relación en la que absolutamente todo sea placer? Teniendo en cuenta que de todas las relaciones sentimentales que una persona va a tener a lo largo de su vida sólo una será la definitiva, el 99% de nuestras relaciones están condenadas al fracaso, ya que sólo una tendrá éxito (siempre y cuando consideremos relación de éxito o relación definitiva aquella con la persona con la que compartir nuestra vida). De ahí que la respuesta a si existe una relación sentimental en la que todo sea placer y no conlleve ningún sufrimiento será, en su mayoría, negativa.

¿Pesimismo o realismo?
Pensad las probabilidades que tenemos en nuestra vida de sufrir y las que tenemos de ser felices. Podemos ser muy afortunados y no padecer nunca nosotros ni nadie de nuestro entorno enfermedades graves, tener una relación duradera y definitiva desde jóvenes, perder a nuestros padres cuando ya sean ancianos, no perder a ningún familiar ni amigo antes de que cumplan los 90 años, tener éxito en el trabajo, no faltarnos nunca el dinero, criar hijos sanos que tengan un futuro de éxito, etc. No es pesimismo pensar que las opciones que tenemos de tener esta vida perfecta son muy escasas.

Todo el mundo sufre a lo largo de su vida, y al madurar, aprendemos a encajar este sufrimiento. El niño es iluso y vive en un mundo de fantasía. También se desmorona ante cualquier contratiempo. El niño se convierte en adulto cuando toma conciencia de la realidad y se encuentra preparado para encajar las adversidades. No tanto para los males inevitables, o los males repentinos, para los que ningún ser humano está preparado, pero sí para los previsibles. Muchas veces los finales tristes están a la vista, pero somos los únicos que no nos damos cuenta.

Para evitar el dolor, algunas filosofías recomiendan huir del placer ya que se trata de dos sentimientos que vienen de la mano. Si no hay placer sin dolor, evitando el placer, evitaremos así el dolor. La vida es siempre un deseo insatisfecho con breves momentos de alegría pasajera. Eliminando el deseo dejaremos de crearnos necesidades. Las necesidades que nos creamos, producen dolor si no son satisfechas. Si logramos satisfacerlas, nos crearemos necesidades nuevas, ya que el deseo es insaciable y esto será un proceso interminable de sufrimiento continuo. Decía Schopenhauer que ninguna satisfacción es duradera, será sólo el principio de un nuevo deseo. Si nada deseamos, nada necesitamos. Nada tendremos, pero no sufriremos. Eso sí, tampoco tendremos placer alguno.

Pero como la vida es breve y los males acechan, la mayoría de los mortales elegimos disfrutar lo más posible de los pequeños placeres que vamos encontrando a llevar una vida sin sensaciones. Y cuando llegue el dolor, lo sufriremos y con ello nos haremos fuertes. Decía Séneca que entre los males que parecen tan terribles, no hay ninguno que no podamos vencer, ninguno sobre el que no hayan triunfado los grandes hombres. Sepamos triunfar nosotros también sobre algo. Nuestro dolor será más soportable si pensamos de esta manera que este sufrimiento actual por el que estamos pasando nos está enseñando algo de nosotros mismos que de otra forma nunca hubiéramos conocido. Nos deja solos con nuestra interioridad y nos muestra nuestras reacciones ante una situación límite. Nos conecta con nuestro yo más profundo. Nos enseña a salir de ello desde nuestro interior y esa superación del dolor, será para nosotros un triunfo que nos hará más fuertes. El que nunca ha experimentado un mal momento, nunca estará preparado y podrá derrumbarse ante la menor adversidad. En la mayoría de las ocasiones no vamos a poder controlar lo que nos pase. Es por ello que tendremos que tratar de salir lo mejor parados que podamos. Y una buena manera de estar entrenados es tomarse cada situación desfavorable como un reto a superar.

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Cuando ocurre algo que nos causa dolor, como una ruptura con nuestra pareja, entramos en un periodo de duelo. El duelo es la manifestación de reacciones personales ante la situación adversa. Es un proceso por el que todos tenemos que pasar y que tiene unas características comunes a todos que han sido estudiadas en psicología. Es un proceso doloroso pero ha de ser superado si no queremos sentar las bases de una posible depresión posterior. Al principio las reacciones son de shock, de no creernos lo que nos está pasando, reacciones que desencadenan un posterior estado de aturdimiento, rabia, estrés, nerviosismo, miedo, descontrol, etc. Si encontrándonos en este punto no ponemos remedio pronto, a esto le seguirán episodios de soledad, abatimiento y depresión. Hemos de terminar el proceso de duelo y completarlo porque si dura demasiado, podemos estar ante problemas de depresión e incluso somatizar nuestros problemas internos y convertirlos en enfermedades físicas.

Para evitarlo, por un lado, tenemos que aceptar lo que nos ha pasado como un hecho real. Si nuestra pareja no quiere estar más con nosotros, el primer paso para superarlo será aceptar que efectivamente es así, y no pensar como consuelo que se trata de un periodo de enajenación transitoria por el que está pasando y que un día despertará y todo volverá a ser como antes. No. Hemos de aceptar la realidad. No nos quiere. Y una vez aceptada la verdad, hemos de reconciliarnos con ella. Efectivamente no nos quiere, pero nuestra vida no se termina con ello. Racionalizar el hecho nos permite verlo desde una perspectiva más serena y mucho menos emotiva. De esta manera evitamos los momentos de tremendismo absoluto en los que pensamos que el mundo se termina si esa persona no está con nosotros. Una vez que hemos tomado conciencia de la importancia real que tiene en nuestra vida el sufrir por una persona que de hecho no nos quiere, el siguiente paso sería regresar a nuestra forma de ser anterior. Cuando hayamos conseguido adaptarnos a nuestra nueva situación y estemos en disposición de emplear nuestra energía en una forma de vida útil, cuando podamos recordar o hablar de nuestro pasado sin perder el control, podremos decir que habremos asumido y superado lo que nos ha pasado, volveremos a confiar en nosotros mismos y volveremos a ser felices. Incluso podremos iniciar una nueva relación.

El proceso de duelo es duro, y conlleva sufrimiento. También es largo y tenemos que ser pacientes. Muchas veces su duración no depende proporcionalmente de la pérdida real si no de la pérdida subjetiva que aquello tenía para nosotros en nuestra vida y del lazo sentimental que nos unía a aquella persona. Pueden ser días o meses, incluso años.

Pero aún siendo un proceso doloroso, tiene un final reconfortante. Y es que aprender a asumir el mal nos hace crecer como personas. A todo estadio de dolor, le sigue uno de placer inmenso por el mismo hecho de haberlo superado. Es como el dolor físico que sufre un corredor de maratón durante la carrera. La sensación de superación que le espera tras cruzar la meta, hace que merezca la pena su sufrimiento. Y la sensación que nosotros tendremos cuando hayamos superado esa ruptura que pretendía machacarnos, cuando hayamos resurgido de nuestras cenizas y seamos unas personas nuevas, cuando hayamos recompuesto desde nuestro interior todo lo que se hizo añicos, la sensación de plenitud será enormemente satisfactoria.

Nosotros no vamos a elegir sufrir gratuitamente y siempre vamos a preferir estar felices con nuestra pareja a que ésta nos deje. Pero como vimos, de todas nuestras relaciones, probablemente sólo una triunfará. Las demás están condenadas al fracaso. Ya que esto es así, qué menos que conseguir que todos estos intentos fallidos sirvan para algo. De cada error se aprende y cada sufrimiento forja. Si con ello conseguimos conocernos más a nosotros mismos y ser más completos, tendremos más probabilidades de éxito en una nueva relación.

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