El virus de inmunodeficiencia humana

El virus de inmunodeficiencia humana
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Cuando a una persona se le diagnostica como persona viviendo con VIH o con SIDA como tal, las reacciones emocionales pueden ser muy diversas, dependiendo de variables como el nivel sociocultural, la edad, personalidad, nivel de información de que se disponga, fundamentalmente.

Pero, también, del modo de transmisión del virus, ya que esta enfermedad conlleva unas implicaciones y connotaciones de culpabilidad, incomprensión y aislamiento social, concretamente cuando se ha hecho pública determinada orientación o preferencia sexual por parte de los personas que viven con el VIH/SIDA. Normalmente, y asociado al diagnóstico, se produce un fuerte impacto emocional que suele dar lugar a la aparición de síntomas ansiosos y depresivos, no sólo por la enfermedad y la incertidumbre sobre el futuro, sino también por otras cuestiones, como por ejemplo las que tienen que ver con cómo es que se habrá de comunicar la actual situación a otras personas (pareja, hijos y amigos, por ejemplo), el miedo y la incertidumbre de si eventualmente se puede llegar a infectar a los más cercanos, por las expectativas en torno de la situación laboral y profesional, entre otras cosas.

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Esta enfermedad conlleva, pues, una alteración en diferentes áreas:
Laboral: rechazo, ausentismo, exámenes permanentes de salud, etc.
Familiar: dar la noticia y las posibles consecuencias.
Sexualidad: cambios en las propias prácticas, disminución de gratificaciones, rechazo.
Personal: cambio de planes futuros (por ejemplo, tener hijos), modificación de hábitos y patrones de comportamiento, etc.
Además, pueden aparecer otros problemas psicológicos añadidos, dentro de los cuales vale la pena mencionar:
Aumento de las autoexploraciones: puede conllevar a problemas de hipocondría o a ‘sentirse’ realmente enfermo.
Consumo de alcohol y/o drogas como evasión del problema.
Ideas de suicidio
Aislamiento social.

Considerando lo anterior, en diversos grupos de ayuda, se ha trabajado en la dirección de promover nuevas formas de ajuste o adaptación de las personas que viven con el VIH/SIDA, dotándolos de los recursos que les permitieran enfrentar de manera activa y efectiva los diferentes problemas que se han señalado. Cuando se le ayuda a personas con esta enfermedad, se descubre que la ansiedad más básica de muchos de los miembros del grupo no era tanto el miedo a morir, como el temor a la más absoluta soledad que acompaña la muerte. Asimismo, otro tipo de soledad, la soledad interpersonal secundaria, que es función tanto del rechazo de la persona moribunda como de su soledad autoimpuesta, puede ser tratada con eficacia en el grupo de ayuda.

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Estas preocupaciones son las más importantes en las mentes de muchas personas que viven con el VIH/SIDA, que por miedo al rechazo son incapaces de discutirlas con cualquier persona; por tanto, cualquier grupo de ayuda personal ofrece un alivio considerable, simplemente permitiendo a las personas que viven con la enfermedad y su grupo familiar de compartir estos pensamientos. Casi sin excepción, las personas que padecen el VIH/SIDA se sienten aislados y rechazados por la vida, evidenciándose un incremento en su soledad, que se entiende por el hecho de tornarse reacios a hablar de sus principales preocupaciones con los demás, temiendo que sus amigos se asusten y los eviten.

La terapia psicológica no sólo es importante por las alteraciones psicológicas que conlleva la enfermedad en sí, sino también porque nos permite incorporar, por medio de talleres de desarrollo personal, una forma de:

Informar y prevenir conductas de riesgo al enfermo y los familiares: aportar medidas educativas, ayudando al primero a evitar posibles reinfecciones, por ejemplo.

Promover una buena actitud y adherencia ante los tratamientos médicos, ya que se trata de tratamientos muy pesados difíciles de sobrellevar. En ocasiones, dependiendo de si se trata de terapia doble o triple, el paciente se ve forzado a consumir entre 15 a 20 píldoras al día, requiriendo para ello cumplir con un régimen estricto y verdaderamente complejo.

Aprender estrategias de afrontamiento y autocontrol para superar las situaciones difíciles que conllevan la enfermedad: relajación, control de pensamientos negativos, etcétera; en definitiva, ayudarle a hacer la situación lo más fácil y positiva posible.

Apoyo y asesoramiento en general: en cuestiones familiares, de pareja, laborales, etc.

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Por todo ello, es recomendable asistir a este tipo de grupos que nos beneficiarán. El darse cuenta de que los problemas propios no son únicos y de que otros enfrentan dificultades semejantes representa un alivio emocional. De este modo la abreacción no sólo es un acto individual, sino que es compartida por todos los miembros del grupo, que lo enriquecen con sus propias vivencias. Esto hace que la ‘catarsis’ en grupos sea un fenómeno más potente y catalice mayor cantidad de ventilación de emociones que una terapia individual. Es justamente en ese contexto en el cual adquiere verdadera importancia la conformación de grupos de autoayuda, en la forma de redes de apoyo social

En definitiva, en cualquier taller, para personas que viven con VIH/SIDA y su entorno familiar, manifiestan un cambio terapéutico de un proceso enormemente complejo que sucede a través de un intrincado intercambio de experiencias humanas que pretende proporcionar cierta capacidad para analizar la propia actitud frente a la vida o a alguna realidad determinada, cuestionándose y llegando a cambios, si fuera necesario; para lograr este objetivo la persona será ayudada por el grupo, logrando la capacidad de dialogar y convivir con el VIH/SIDA, a pesar de las diferentes posiciones frente a la vida, o a ciertas realidades. Esta dinámica supone una buena cohesión de grupo y el aprendizaje interpersonal entre los participantes del taller.

De ésta, los conductores de grupo en los talleres de desarrollo personal con pacientes VIH/SIDA, brindan una considerable cantidad de información médica referente a la enfermedad; se busca, asimismo, corregir temores irracionales (por ejemplo, temores enormemente exagerados sobre las infecciones), y proporcionan consejo sobre cómo contar a los demás la propia situación, forjar un estilo de vida diferente, menos autoinculpatorio, y buscar ayuda, tanto profesional como no profesional.

Conclusiones
Cada persona es única en su universalidad y diferencia. Para cada persona seropositiva se trata de poder proceder a los ajustes psicológicos, sociales, existenciales que le permiten continuar con su desarrollo personal. Los tratamientos por sí mismos requieren numerosos cambios por lo que es muy importante que las personas que los necesitan se les pueda dar un apoyo para así poder recibir concretamente todo lo que la medicina les ofrece (poner a su disposición informaciones personalizadas, ayuda en la toma de decisiones, facilitar los cambios, reducción de la ansiedad, prevención del malestar).

La consejería se ha vuelto indispensable en cuanto al trabajo con personas seropositivas y en cuanto a la prevención. Las diferentes formas de evaluación que se han desarrollado en los países anglosajones han demostrado su impacto en la calidad de vida de las personas, el poder hacerse atender y en lo que a adherencia a los tratamientos se refiere. En quince años, el desarrollo de la consejería ha evolucionado y se ha adaptado a las modificaciones del contexto médico, psicológico y social de la infección por VIH.
Se aconseja que la consejería se desarrolle en varias sesiones dada la multiplicidad de niveles. Puede practicarse individualmente o en grupo. Es importante que el consejero tenga un conocimiento suficiente a nivel de tratamientos y a nivel de la infección por VIH y que esté familiarizado con las problemáticas de identidad, culturales y comunitarias en juego dadas por la infección por VIH.

Es importante considerar a las personas que integran los talleres de desarrollo personal como un grupo para vivir, no para morir; en pro de ir mejorando la calidad de vida de las personas que padecen esta enfermedad y la convivencia con su entorno, tanto familiar como social. Por tanto, es importante considerar que una confrontación abierta de la enfermedad del VIH/SIDA permite a muchas personas que padecen la enfermedad y su grupo familiar acceder a un modo de existencia que es más rico que el que experimentaban antes de su enfermedad. Muchos de los integrantes de cualquier grupo, informan de cambios trascendentales en su perspectiva vital, siendo capaces de asumir su enfermedad y de experimentar una sensación de control de ésta, de dejar de hacer cosas que no desean hacer, de realizar actividades en ayuda de los integrantes de la misma agrupación, de comunicarse más abiertamente con los familiares y amigos cercanos, y de vivir enteramente en el presente, más que en el futuro o en el pasado. Se trata, pues, de hacer frente y dominar en alguna medida su temor a la muerte, haciendo desaparecer muchos otros temores, particularmente el temor a las situaciones interpersonales incómodas, como el rechazo o la humillación.

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