Ell@s son el sexo débil

Ell@s son el sexo débil
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Ell@s son el sexo débil. Si, ell@s. Ellos y ellas.

La sociedad quiere personas débiles, y la mejor forma de hacerlo es creando DEPENDENCIAS. Si dependes de las personas, estás sometido a sus decisiones por muy arbitrarias, caprichosas y esclavizantes que sean. Es decir, en lugar de depender de ti mism@, dependes de lo que otra persona quiera para tu vida.

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Los ejemplos sobre este tipo de manipulación psicológica se encuentran en cientos de situaciones cotidianas; la afectividad, a través de la prensa del corazón, el romanticismo trasnochado y el chantaje emocional, es una de las vías más importantes para que esto tenga lugar.

Cómo hacer que un hombre sea débil
Para conseguir que un hombre sea débil, únicamente debe guiársele hacia su fortaleza, dentro de parámetros totalmente confusos e irreales. Por ejemplo, a la hora de seducir el hombre siempre deberá mostrar una actitud ?arrogante y divertida”, semblante frío pero sonriente, y mirada seria capaz de traspasar muros de contención cuando un encuentro apasionado está teniendo lugar.

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Lo habréis visto en películas, series, fotografías… El hombre es una especie de ser insensible que únicamente vive para el divertimento, sonrisa y placer de la mujer, utilizando una mirada mezcla de deseo y rabia, capaz de originar una tensión ambiental que puede cortarse con un cuchillo.

El hombre jamás deberá gemir, menos aún jadear. Nada de palabras bonitas, sólo sexo serio, contundente y eficaz, capaz de hacer que una mujer se vuelva loca. Al eyacular basta con cerrar un poco los ojos. Después de esto, levantarse de la cama, lo de permanecer abrazados o acariciándose tampoco tiene sentido. No va con el semblante del MACHO.

Miradas llenas de deseo y masculinidad, total control de la situación, capacidad para crear ambiente de película poniendo caritas de pseudomodelo de pasarela.

El hombre siempre debe dar los pasos, tener la seguridad y afrontar las consecuencias.

Cómo hacer que una mujer sea débil
Para que una mujer sea débil, hay que conseguir que ésta proyecte toda su estúpida inocencia, su ilimitada capacidad de asombro y falta de experiencia en el encuentro con el hombre. Jamás, jamás, jamás, ella lleva las riendas y siempre, siempre, siempre se sorprenderá por cada gesto del hombre. Una caricia, una mirada, una penetración… Por supuesto, los jadeos y gemidos estarán a la orden del día, y la mujer que no los profiera no puede llamarse mujer o, al menos, mujer sexualmente valiosa.

Al acabar el folletín, la mujer debe amar hasta el extremo al hombre, a quien hace un seguimiento ocular, acompañado de mejillas y labios sonrosados, propios de un episodio sexual de película. Por muy frío que él se muestre, ella jamás deberá mostrarse distante, sino que seguirá adorándole, hasta el fin de sus días.

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Reír todas las gracias que el hombre suelta, es una forma de hacerle ver que está interesada. No importa el nivel de estupidez de las chorradas, hay que hacerle ver que es gracioso y ella una pobre estúpida.

En el contacto ella siempre, siempre, se mostrará más interesada que él. Todo su lenguaje no verbal y gesticulación transmitirán al hombre el mensaje de ?la pasión por ti me consume”.

Pero, ¿por qué esto debilita al hombre o a la mujer? La razón es que ficción y realidad no suelen casar como esperamos, y las expectativas causadas por los medios rara vez (dependiendo más de personas y situaciones más que del mero encuentro erótico-festivo) acaban cumpliéndose como se espera.

LO QUE SUCEDE EN LOS MEDIOS: Hombre y mujer (podría darse el caso de parejas homosexuales, pero a lo que nos tiene acostumbrados la sociedad es parejas heterosexuales). Él se acerca, ella se muestra sorprendida y halagada por la irrupción del hombre en la escena. Charlan y él es apasionadamente culto y ocurrente, y ella insufriblemente tonta, hasta el punto de que él comanda la conversación y ella es una simple espectadora.

En algún momento del festín intelectual, el hombre toma a la mujer por la cintura; ésta se sorprende. Él permanece serio, con la mirada fija en su presa. Ella exclama de forma acallada, sus ojos tintinean, presa de una especie de pánico y deseo sexual. Él, con postura firme y aguerrida, atrae el cuerpo de la mujer hacia sí mismo. La respiración de ella se acelera, la de él se mantiene. Ambas miradas se encuentran, ella mantiene la boca abierta, en forma de exclamacion, a modo de ?O” como los de las muñecas hinchables, sin ninguna capacidad para decidir ni llevar la iniciativa. Él acaricia el cuello de su ?presa”, pone una mano en su culo y, con un corto, casi brusco movimiento, la junta a su pelvis y la besa. Él, por supuesto, es el último en cerrar los ojos, para asegurarse de que todo está funcionando como debe.

Después aparecen en una habitación de hotel, o la casa de él puesta tan al día que parece sacada de un catálogo de mobiliario moderno. Él desnuda con cierta violencia (consentida) a la mujer, que se ve desprovista de su ropa y de su dignidad en cuestión de segundos, mientras su cuerpo queda totalmente sometido a las manos y boca del violador por sorpresa. Todo en ella es sorpresa, admiración y fervor sexual. Él, sin embargo, no es más que una especie de robot capaz de ejecutar los compases sexuales más acrobáticos y extenuantes sin despeinarse, sin cambiar el gesto ni acelerar su respiración. Durante la penetración, todos los gemidos provienen de ella. Él sólo ejecuta, a modo de martillo-percutor, mientras la mujer disfruta en consecutivas e infinitas oleadas de orgasmos incontenibles.

Fin del acto. Él se da la vuelta en la cama, o se levanta a no se sabe muy bien qué (por lo general, a ponerse unos vaqueros). Su disfrute parece haber sido nulo. Ni bueno ni malo: nulo. Ella, por su parte, se queda mirándole desde la cama con cara de gilipollas, como si fuera una pobrecita desvalida a la que han desvirgado por primera vez.

LO QUE SUCEDE EN REALIDAD: Hombre y mujer se encuentran. Ella ve al tipo quien, al igual que otros muchos, no le entra por el ojo, y sigue a lo suyo. La insistencia del hombre, que ha leído mucho libro de seducción, hace que tengan una charla, que no pasa de ser una conversación algo enlatada, muy estándar. Ella, en realidad, tiene más carrete de lo que él pensaba.

Finalmente, a ella acaba por hacerle gracia el seductorcillo de cuarta, cosa que no suele darse de forma habitual. Pero, llegados a este punto, ella quiere un beso. Él, por supuesto, al verse desprovisto de su seguridad ya que ella lleva una batuta más pesada que la que le corresponde, no sabe muy bien cuándo atacar. Al final, ella le da el beso a él. La sensación es, para ambos, habitual. A él le gusta más de lo que imaginaba, y a ella menos de lo que suponía.

Tenemos, por tanto, una mujer algo frustrada, que quería a alguien más arrogante y apasionado, y a un hombre sobrepasado por un beso.

Se cambia la escena y se les ve en el piso, probablemente de ella. Y compartido con amigas. A los besos, algo torpes, se le une una camisa que no desabrocha como debería, un sujetador que no salta disparado con chasquido de dedos, y una cama que hace demasiado ruido.

Él sigue presa de una situación que inunda sus sentidos (¡pero si el hombre no parece disfrutar tanto en las películas!) pero sigue pensando que ?misión” es desmontar a esa mujer. Ella, sigue presa de una situación… que le aburre, porque pensaba que él iba a hacerlo todo de forma maravillosa y espectacular, tanto que caería enamorada a sus pies, como había visto en tanta película de príncipes azules que jamás destiñen.

Comienza el sexo. Él se viene abajo (su pene, más bien). Demasiada presión por complacer a la mujer. Ella piensa que es por su cuerpo, que no es atractivo, porque tiene celulitis en no se sabe muy bien qué parte de su culo o sus piernas. Él lo intenta, se enfurece, intenta ponerse un condón, pero aquello no funciona. De alguna forma lo consigue, pero la presión sigue ahí. Ella empieza a mostrarse lo dócil que él necesita, gracias a todo ese mensaje contaminante de que ?las mujeres deben complacer” (que entra en conflicto con ese otro de ?las mujeres lo valemos, debemos llevar las riendas”).

Los gemidos de ella, totalmente fuera de lugar, no le ayudan mucho a él, que acaba con una eyaculación precoz debido a la visión de un cuerpo de mujer botando sobre él. Qué jadeos, ¡deben ser por su virilidad!… algo que su mente no puede soportar y hace que el climax llegue antes de lo esperado.

Por supuesto, ella no le acompaña y, al final, el encuentro sexual es pobre y desalentador. Él buscará repetir la jugada otro día para resarcir su ego. Por supuesto, esto no tendrá lugar, y entonces llegarán las dudas de él ?¿por qué no me llama?”, ?¿por qué no me coge el teléfono?”, ?me dijo que le gustaba”, ?todo fue muy bien, fue un gatillazo sin importancia”, ?¿tenía que haberme mostrado más ?latin-lover?” y, por supuesto, las dudas de ella: ?no creo que deba cogerle el teléfono”, ?no sé si tenemos feeling”, ?le vi demasiado nervioso, no me gustan los tíos así, ¿debería haberme mostrado más sorprendida por su vigor sexual y gemir mejor?”, ?qué pena, tendré que seguir fingiendo y debilitándome sin mostrarme como soy, no hay hombres de verdad”.

Al final, el hombre refuerza su debilidad, por no haber abordado un encuentro sexual de ejecución limpia y perfecta. La mujer, por su parte, refuerza la idea de que debe ser más solícita y servil, más idiotamente emocionable, de forma que cuando vuelva a haber otra relación deba mostrar la ?O” de muñeca hinchable en su rostro a poco que el hombre toque aquí y allá, y de esa forma menospreciar su placer para incrementar el del hombre.

Si después el orgasmo no tiene lugar, no importa. Fingir ayudará a que el ego del hombre se mantenga a flote.

Si alguna vez os habéis sentido así, no le deis importancia. Un encuentro de pasión y sexo con alguien no debería estar encorsetado por viejos prejuicios ni miedos aprehendidos. Quien piense que debe sentir menos o más, gemir si no le parece oportuno o mantener un rictus de omnipotencia, deberá revisar su forma de actuar, sincerarse consigo mismo y mostrar a la otra persona tal y como es.

Menos ACTUAR y más ACCIÓN.

¿Qué tal vivir el presente y olvidar los miedos, para que la otra persona perciba que todo fluye, y que la relación se fortalezca por el placer, en lugar de apagarse por los miedos?

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