La libertad y sus límites

La libertad y sus límites
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Las relaciones de pareja entre hombres y mujeres muchas veces se negocian bajo los parámetros de la renuncia de la libertad individual para formar un ‘nosotros’ que se mantiene de por vida, hasta que la muerte los separe en el matrimonio, o mientras dure la relación. Así, se pierde una parte del yo, lo que las personas somos en esencia, y esto nos quita nuestra propia unidad y uno deja de ser uno mismo. Estas relaciones están condenadas al fracaso puesto que siempre aparecerá una sensación de asfixia derivada de esta falta de libertad que nos llevará a sentirnos cada vez más ahogados y con la necesidad de encontrar vías de escape. Nos sentimos cohibidos, sin capacidad de decisión, sentimos que no se nos tiene en cuenta y no nos sentimos realizados. Es entonces llegan las rupturas en las parejas.

Y cuando rompemos y nos encontramos de bruces con la soledad, lo que hacemos es correr en busca de una pareja sustituta que poner en el lugar de la otra y que nos llene ese hueco que ha quedado, sin darnos cuenta de que lo que nos falta no es otra persona que nos haga de muleta, sino que es en realidad aquello que antaño fue nuestro y dimos, aquello que se encontraba dentro de nosotros y que nunca ninguna pareja nos va a proporcionar, nuestra libertad individual. En ocasiones se huye de la soledad como si nos avergonzáramos de ella y buscamos tener pareja a toda costa cuando en realidad es en la soledad donde comienza el camino hacia nuestra libertad. Una libertad que nos permitirá realizarnos, ser seres completos y capaces, seres autónomos y felices. Y estas son las condiciones de posibilidad que darán el éxito a una pareja.

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La alternativa que se plantea es mantener la libertad individual dentro de la pareja para evitar la sensación de fracaso, frustración y posterior ruptura. Esto es posible si se tienen claros ciertos conceptos y se sientan unas bases de coexistencia desde el principio. Para ello analizamos qué es la libertad y cómo aplicarla al í¡mbito de las relaciones.

¿Qué es la libertad?
La libertad es un bien del que todos deberíamos hacer uso puesto que se trata del más preciado que tenemos. Entendemos la libertad en su acepción negativa como la ausencia de dependencia, la capacidad que permite a los individuos actuar como deseen, siempre dentro del determinismo al que nos someten las leyes de la naturaleza. Es la facultad de hacer cada uno lo que le plazca, la ausencia de ataduras, de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo, la condición de no estar prisionero o sujeto a otro, la falta de coacción o subordinación.
Pero también podemos entender la libertad en un sentido positivo como el deseo por parte del individuo de ser su propio dueño; que la vida de uno y sus decisiones dependan de uno mismo; ser el instrumento de sí mismo y no de la voluntad de otros hombres; ser sujeto y no objeto; ser movido por sus propias razones; ser alguien; actuar; decidir, no que decidan por uno; dirigirse a sí mismo y no ser movido por alguien como si fuera una cosa, un animal o un esclavo. Y sobre todo es ser consciente de uno mismo como ser activo que piensa y que quiere, y que tiene responsabilidad en la toma de decisiones.

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Nos sentimos libres en la medida en que creemos que esto es verdad y nos sentiremos atrapados en la medida en que nos hacen darnos cuenta de que no lo es.
A simple vista puede parecer que gozar de libertad individual es del todo incompatible con tener pareja pero no es en absoluto así puesto que podemos hablar de la libertad en la pareja. Aquel que dentro de la pareja puede tomar sus propias decisiones, actuar, decidir y moverse por sí mismo, es libre. Hemos visto que en esencia, el libre es aquel que no depende de nadie, por lo tanto la persona libre sería la que no necesita de su pareja sentimental. Ni económica ni afectivamente.

Pero con frecuencia nos encontramos lo contrario, parejas en las que uno de sus miembros se siente esclavo del otro, sin autonomía, sin poder de decisión y sin ser su propio dueño. Situaciones muchas veces propiciadas por una dependencia económica que nos hace sentirnos en deuda y que propicia el que vayamos cediendo y perdiendo la parte activa que teníamos en la pareja. O simplemente situaciones en las que uno de los dos lleva la voz cantante porque tiene mayor carácter o poder de decisión, es más persuasivo y acaba anulando la otra parte, que es a su vez más permisiva. De esta manera, y a veces sin darse cuenta, uno se mira un día y se ve subido en un tren que no conduce y estando a expensas de dondequiera le lleve.

Es cierto que no existe una libertad absoluta puesto que toda libertad ha de someterse a dos leyes: las leyes de la naturaleza (al soltar una piedra, cae, está determinada a caer y nunca podrá optar a lo contrario) y la ley de la libertad de los seres con los que convivimos. Y esta segunda ley es la que más conflictos trae. Se trata de poner los límites a la libertad individual dentro de la pareja estando ambas parte de acuerdo. Habría que ser capaces de llegar a un punto medio que contemple los intereses de los dos sin sesgar la libertad de ninguno. Y esto no es más que tener siempre en cuenta que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro. Y respetando los límites, la conclusión que sacamos es que es vital mantener un espacio propio para nosotros mismos que nos permita sentir que tenemos una parcela autónoma cuya línea la otra persona no va a sobrepasar. Esto traído a la vida cotidiana va desde tener un tiempo para nosotros mismos a tener un espacio propio dentro de la casa común, o en hacer cosas que nos gustan fuera de la pareja. O incluso, en disponer de nuestro propio dinero. En definitiva, todo este tipo de cosas que haríamos nosotros mismos si estuviéramos solos.

Sin embargo, cuando estamos enamorados tenemos el deseo de ‘poseer’ a la otra persona en todos sus aspectos, estar siempre con ella, hacer todo con ella, ser parte de todo lo que hace. Todos necesitamos respirar y sentir que por muy enamorados que estemos y por mucho que queramos a la persona que tenemos al lado, en ningún momento hemos dejado de ser nosotros mismos. Muchas veces por dar gusto a la otra parte o simplemente por evitar disputas con la persona amada nos vamos amoldando a sus maneras. Cuando nos damos cuenta, vemos que estamos haciendo lo que a la otra persona dice, vistiendo como a la otra persona le gusta, cenando donde la otra persona decide y así un largo etcétera. Incluso tomamos a la otra persona como una muleta emocional que nos sostiene sin la cual somos incapaces de caminar solos, de decidir solos, de pensar solos y de actuar solos. Cuando la dependencia afectiva aparece, nos vemos enganchados a historias a menudo destructivas y dañinas de las que no podemos prescindir.

Sabemos que en realidad no dependemos de nadie, somos libres, autónomos y podemos caminar solos. Tenemos que recuperarnos sabiendo que en realidad nunca hemos necesitados muletas para caminar, que llevamos toda nuestra vida caminando por nosotros mismos mucho antes de que esa persona apareciera en nuestra vida y que por supuesto, podemos volver a hacerlo.

Uno de los aspectos más importantes en la vida de una persona es su proceso de liberación. Es la toma de conciencia de la libertad de sí mismo que se da con el autoconocimiento. Si percibimos en nuestra relación que empiezan a aparecer elementos que contribuyen a la falta de libertad, han de saltarnos las alarmas. Factores que lo propician son la ignorancia, el miedo, la amenaza, la ira, la violencia física o verbal, etc.

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Libertad frente a libertinaje
Muchas veces la libertad suele ser confundida con un yo hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Pero no estamos hablando de una libertad absoluta, que por otro lado, habría que determinar si realmente existe. Estamos hablando de una libertad relativa, la libertad individual dentro de una pareja. Por eso tenemos que distinguir entre el uso de la libertad y el libertinaje. No es libre el que hace lo que quiere sin más porque la auténtica libertad se manifiesta en aquel que hace lo que debe hacer, haciendo uso de los valores morales y éticos de la sociedad.

La libertad entraña una enorme responsabilidad ya que si somos libres para actuar como queramos, sólo nosotros mismos somos responsables de lo que hacemos. Y dentro de una sociedad con determinados valores, nuestra libertad ha de someterse a ellos, siempre dentro de la relatividad que esto entraña y lo de que cada grupo humano, en nuestro caso cada pareja, establezca como moral o éticamente aceptable. Cada grupo social establece sus límites de su moralidad. La poligamia es impensable en algunas sociedades que como contrapunto aceptan el incesto como una práctica habitual y ética. Lo mismo ocurre con el adulterio. Por eso ser libre no significa, por ejemplo, tener varias parejas sexuales dentro de una pareja que se ha prometido fidelidad. El libertino no es sólo el infiel, es el que hace un mal uso de la libertad y obra sin ninguna medida y sin tener en cuenta las libertades de aquellos que tiene al lado.

Lo difícil no es definir la libertad, lo realmente difícil es entenderla. Entender que todos tienen una libertad propia y que las libertades de todos deben funcionar en armonía para existir. Si yo deseo hacer algo que dañaría la libertad de alguien mas, en este caso de mi pareja, debería evitar hacerlo y buscar una alternativa a esa acción, o simplemente, desechar esa acción como posible. Para mantener mi libertad individual he de proporcionar a mi pareja la suya y buscar esa armonía y equilibrio que hará que los dos miembros se sientan satisfechos, realizados, felices y la pareja funcione.

En la pareja, no cabe mi libertad individual sin la del otro, y sin mi libertad individual, no cabe la pareja.

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