Los demás se aprovechan de mí

Los demás se aprovechan de mí
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Hay algo en ti, joseraga, que explica todo tu comportamiento: no sabes controlar tu energía femenina. Por eso, entre otras cosas, cargas o cargabas contra las mujeres.

Todos tenemos dos tipos de energías, la masculina y la femenina. Por presiones sociales, todos nos esforzamos en que una de esas dos energías prevalezca, aunque gracias a nuestra evolución eso está cambiando y cada vez más personas se expresan tal y como se sienten, independientemente del género de energía que sienta en su interior.

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Bien, como en todo yin y yang, como en toda polaridad, esas dos energías deben estar equilibradas. Deben estar en armonía, sin que una esté por encima de la otra, permitiendo que ambas existan sin censurarlas, eclipsarlas o taparlas por miedo al rechazo de los demás.

En tu caso, digamos que tienes un ‘hueco’ creado de forma voluntaria, por el que tu energía femenina se dispersa y, al final, te contamina negativamente. Evidentemente, en un contenedor de energía como tú eres no puedes dejar que salga la energía para librarte de ella, así como no puedes hacer nada para evitar que la sangre corra por tus venas, impedir que te crezcan las uñas, o sudar si corres a 40 ºC. Forma parte de tu naturaleza, de tu espíritu si quieres llamarlo así, y dichas energías deben coexistir en ti para que tus emociones estén equilibradas.

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Como te digo, tú has creado un hueco por el que intentas que tu energía vaya a no se sabe muy bien dónde, y lo que en realidad consigues es que todos tus problemas radiquen en lo femenino. ¿Cómo puedes observar esto? Tienes un ejemplo muy bueno en esto que te acaba de pasar: vas a pedir un aumento de sueldo, se anticipan comentándote que no te van a dar vacaciones y, como premio de consolación, resulta que eres alguien ‘importante’ para la empresa’. Fin de la conversación.

Yo también estuve en tu situación. Tenía un compañero de trabajo que olía mal, grosero, grotesco y zafio, de los típicos que decía en alto ‘voy a hacer estas fotocopias, porque como no las haga yo, no las hace nadie’, ‘voy a cubrir esta noticia, porque como no lo haga yo, no lo hace nadie’, ‘voy a hacer esta llamada, porque como no la haga yo, no la hace nadie’. Este personaje se fue creando la fama de ‘puedelotodo’, de omnipotente y omnipresente. La realidad es que trabajaba las mismas horas que yo, en el mismo puesto que yo, en las mismas secciones y apartados que yo, pero él farfullaba, se quejaba, maldecía, gritaba y daba órdenes a todo lo que podía y, con el tiempo, esa fama provocó que, ante la pregunta de ‘¿quién es el que más curra aquí?’ todos le señalaran a él.

No me quejé demasiado durante los dos años que duró el desgaste. Clamaba, pero no reclamaba. Me mantenía lleno de ira y de impotencia por ver cómo un personaje así acaparaba honores, atribuciones y responsabilidades. Era algo que comentábamos unos cuantos afectados por el tema, pero él siguió ese camino, y supongo que lo seguirá haciendo. A fin de cuentas, los trabajos están llenos de gente mediocre que, como te decía más arriba, no tienen ninguna identidad en su casa y suspiran aliviados cuando entran cada lunes por la mañana por la puerta del trabajo.

El caso es que en una de esas reunioncitas que los jefes hacían para informarnos de subida de sueldos, me armé de valor y hablé con el director:

– Lo que me preocupa es que haya gente en mi mismo puesto que gane más que yo.
– Pero eso no es asunto tuyo, tú tienes que desempeñar tu trabajo y nada más.
– Ya, pero yo quiero crecer en esta empresa, y un menosprecio de ese tipo no me motiva mucho.
– Bueno, Carlos… en realidad, quiero que sepas que tengo GRANDES planes para ti.
– Mm… ya… ¿y cuándo vamos a empezar a ver cambios?
– Pronto, ya os iremos comentando.
– Es que llevo cinco años trabajando en esta empresa, y siempre ocurre algo para que nada pase, y yo creo estar dando todo lo que puedo.
– Sí, lo sé.
– Por eso, me parece mal que se eche a un lado de forma poco objetiva.
– Bueno… mira, lo único que puedo decirte es que tienes las puertas abiertas. Si no te convencen las cosas que tienes aquí, puedes irte cuando quieras, yo no puedo retenerte contra tu voluntad.

Me dejó helado. No sólo obvió mi necesidad de crecer, no sólo no valoró lo que le estaba comentando, sino que me dijo que me marchara cuando quisiera, añadiendo a posteriori, en una conversación con otro compañero mío del mismo corte (y supongo que ya algo encabronado), algo así como ‘aquí damos una patada a una piedra y salen 1.000 redactores deseando entrar a trabajar en tu puesto’. Fin de la conversación. Con aquello de ‘los grandes planes’ y otras negativas disfrazadas, yo salí con las orejas gachas, el ánimo podrido y la ira inyectándome sangre en los ojos.

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Un par de años más tarde dejaba la empresa y empezaba a creer en mí, sin esperar a que otros lo hicieran.

Pues bien, en ese punto entendí una valiosísima lección. Mi energía masculina estaba en plenitud, y lo sigue estando. La femenina, por el contrario, la aplacaba e intentaba disipar como tú haces. Eso provocaba que las buenas palabras pudieran con mis argumentos, y desbarataban mis intentos de que EL RESTO DE LAS PERSONAS NO MANEJARAN MIS EMOCIONES. En tu caso es evidente: si un jefe, no con el que sales sino alguno menos afín a ti te dice ‘joseraga, a partir de mañana te vas a quedar dos horas más porque me sale a mí de los cojones, y si tienes sueñito por la mañana te jodes… Ah, y olvídate de cobrar más, es posible que recortemos gastos a partir de enero’, probablemente tú le responderías con ‘mira, anormal, métete el trabajo en la polla, vete engañando a otro que me largo’. Sin embargo, imagina que el mismo jefe te viene y te dice ‘joseraga, tío… contamos contigo a tope y se acerca un tiempo complicado… necesito POR-FA-VOR que nos ayudes, vamos a estar una temporada necesitando que trabajes un par de horas más cada día, no dudes ni por un momento en que esto no estará recompensado y, por supuesto, te tendré en cuenta para el futuro de la empresa pero, por favor, me gustaría que fueras alguien valioso aquí dentro y que apoyaras esta reestructuración, ¿puedo contar contigo?’… probablemente tu respuesta sería ‘de acuerdo’.

Tu energía masculina se opone con rudeza a lo que no deseas, y por ahí funcionas bien. Sabes mandar a tomar por saco lo que no quieres. Sin embargo, si alguien te entra con energía femenina, en plan sinuoso, reptante… entonces conseguirá lo que busca porque, y esto se resume en cuatro palabras: NO SABES DECIR NO.

Ahí empieza y acaba tu gran problema, que no eres objetivo con lo que las personas te dicen, sino que aplicas tu subjetividad, empañando tu decisión al emparentarla con tu percepción. Es decir, dejas que la energía femenina, esa que no dejas existir y que te crea una vulnerabilidad, sea la vía de entrada para cosas que no deseas, en este caso una orden de trabajo poco menos que inaceptable. Basta que te digan ‘eres muy valioso para nosotros’ y, entonces, no importan las vacaciones, el sueldo o la madre que lo parió a todo.

Como ves, y a lo que estamos llegando, y si quieres puedes llamarlo energía, espíritu, polaridad, masculino o femenino o, simplemente, determinación, no sabes decir que no a todo aquello que otros te imponen y tú no deseas y, partiendo de ese concepto, de esa raíz, de ese estamento y fundamento que rige tu vida, todo falla, se quiebra, se desvanece y tú pululas y te pegas unas hostias dignas de libro. Comprueba que siempre es así.

Evalúa, por tanto, todo lo que ocurre en tu vida y a lo que no sabes decir NO, y comprobarás que tienes, a partir de este instante, de este día, la herramienta para empezar a ser lo que realmente quieres ser.

Tuya es la decisión de cambiar…

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