Miedo al dolor

Miedo al dolor
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Vivimos en una época en la que, de una forma o de otra, se nos incita al placer. El sufrimiento, el malestar, el dolor en definitiva, no tienen cabida hoy en día, en una sociedad tan hedonista como la nuestra, ya que “la vida son cuatro días, y uno lo pasamos durmiendo”. Hoy en día, llevando un ritmo de vida tan acelerado, no hay tiempo para pasarlo mal. ¿Por qué sufrir si es algo negativo? ¿Por qué pasarlo mal si todo lo que nos rodea nos empuja a no hacerlo? Cualquier problema se soluciona con palmaditas en la espalda y con el mensaje de “ya pasará”… o con un “no esperes al futuro, el mejor momento para ser feliz es ahora”.

Pero para ser feliz, para encontrar el auténtico camino a la felicidad, es preciso aprender, es preciso esforzarse, tener experiencias, probar y equivocarse… y en este camino, en el que las cosas muchas veces no salen como queremos, es donde se manifiesta algo muy temido y que tratamos de evitar a toda costa: el dolor.

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¿Qué es el dolor?

El dolor, que siempre tratamos de evitar cuando le vemos las orejas, no es más que un mecanismo que tiene nuestro cuerpo y nuestra mente para indicarnos que algo no funciona como debería, que hay algo que no va bien. Es la alarma que se despierta en el momento indicado, una advertencia que queda grabada en nuestra memoria y nos enseña, nos guía, nos hace pensar y nos educa para que, en el futuro, actuemos de forma correcta.

¿Es negativo… o positivo?

Evitar el dolor, tratarlo como algo negativo y trazar mil artimañas para pasar por su lado de puntillas, sin que nos vea, es un error. Huir de él, al igual que huir de los problemas, refugiándonos en soluciones artificiales pero de duración limitada (como las drogas), va en nuestro detrimento.

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Lo que muchas personas no entienden es que el dolor es nuestro amigo, así de claro. Imaginemos que vivimos en un mundo sin dolor. Estamos una tarde en nuestra casa planchando la ropa. Nos llaman por teléfono y, mientras hablamos, apoyamos la otra mano en la plancha. Al cabo de un rato colgamos y nos damos cuenta de que nuestra mano se ha quemado completamente al dejarla sobre la plancha… nos hemos quedado sin mano, porque nada nos ha avisado de que se estaba quemando.

Sí, el dolor no es agradable. Pensamos que siempre llega en el peor momento. Detestamos la etapa durante la cual convivimos con él. Nos cambia el estado de ánimo. Nos cambia la visión que tenemos sobre nuestro mundo. Lo aborrecemos cuando se prolonga. Nos hace pensar que no podemos seguir… pero también hace que despertemos toda nuestra fuerza para superarlo.

Y todo esto, que es tan negativo, lo es para que no pase desapercibido, para que nos impacte, para que quede grabado a fuego en nuestra vida, un capítulo en nuestro libro, poco agradable, pero vital para que los siguientes capítulos tengan final feliz.

La próxima vez que vayamos a planchar, nos aseguraremos de no poner la mano sobre la plancha.

El miedo al dolor

Se dice que el dolor es un mal consejero para actuar. Pero el miedo al dolor, es, sin duda, mucho peor. Temer que alguien o algo nos haga daño, cuando ese daño no se ha producido, nos hace actuar para protegernos. Pero… ¿y si ese hipotético dolor no se materializa? Y en el caso de que se materialice, ¿qué hay de malo en sufrirlo? ¿No aprenderemos mucho más que quedándonos en nuestro caparazón por miedo a ser heridos?

La reacción intuitiva ante ese miedo es, indudablemente, prevenirnos contra él. Es lo que se llama “llevar un escudo” por delante, por lo que pueda suceder. Pero, ¿es ésta la mejor forma de actuar? Ir con cuidado para no sufrir, vigilar nuestros pasos, estar a la defensiva… parece algo poco natural, una forma poco sensata de enfocar la vida.

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Planteemos algo: una imagen mental de una persona que se ha sentido engañada, manipulada, traicionada… por su ex pareja. Esta persona sufre, lo pasa mal, siente un dolor que le hace reaccionar… La pregunta es, ¿de qué forma reacciona? ¿Volviendo a abrirse y a dar su confianza, pero con la lección aprendida? ¿O tal vez desconfiar en su próxima relación, porque ya tiene una mala experiencia a sus espaldas y no está dispuesta a repetirla?

El dolor, el sufrimiento, los malos momentos tras rupturas, desengaños y otras situaciones negativas nos instruyen en estas dos vertientes: podemos aprender de los errores, meditar, sacar conclusiones y empezar una nueva relación sin miedos… o podemos ir con cuidado en nuestra próxima relación para no volver a sufrir.

Las personas que toman la primera opción son calificadas, por algunos, de ingenuas. Las que toman la segunda opción son, directamente, cobardes. El miedo al dolor les obliga a andar con cuidado de cara a su pareja. Son esclavos de una cara que se ven obligados a mostrar, una cara que no es natural, sino forzada, debido a la desconfianza generada por experiencias anteriores.

De ahí se derivan otros comportamientos que son más graves, como el “pisar antes de ser pisado” o el “piensa mal y acertarás”. Al final, esas personas, que malviven con miedo, son presos de una terrible paranoia a que su pareja (y no sólo su pareja) traicione su confianza.

¿Es este el camino natural a seguir? ¿Qué ha fallado en el proceso de aprendizaje de estas personas?

Han asumido que, si se dan las circunstancias adecuadas, su pareja les provocará dolor. El dolor les ha llevado hacia una vertiente pesimista que no les va a beneficiar en el futuro, ni a ellos ni a su futura pareja.

Por ejemplo, imaginemos a un chico enamorado de su novia, en un instante en el que siente unas ganas tremendas de decirle “te quiero”. Pero conforme esa idea le ronda la cabeza, se lo piensa, se pregunta si es buena idea decírselo. En relaciones pasadas él decía mucho esa expresión, y tal vez fue el detonante de que las cosas salieran mal. Quizás, el hecho de hacerlo, saque a relucir cierta dependencia y eso provoque en su pareja una reacción de alejamiento. A él le entran sudores fríos y, finalmente, termina por callarse esas palabras
No sólo eso, sino que cuando tiene una discusión con su chica, por pequeña que sea, él saca su orgullo a relucir y, como en anteriores relaciones siempre fue él quien inició la reconciliación, en esta ocasión se niega a ser él quien de el primer paso. Apaga su móvil. Se aísla de ella para que “aprenda que con él no se juega”. . Esta situación se puede presentar perfectamente cambiando los papeles los miembros de la pareja.

En definitiva, está actuando. Se está protegiendo con un escudo de indiferencia y orgullo.

Y lo más aconsejable, en todo momento, es ser natural, hacer lo que nos apetece hacer, sin miedos, sin dudas. Sólo hay una excepción a esta regla, y es cuando la situación se tuerce y la relación no va bien.

Pero si todo va bien, si nuestra pareja responde con cariño, ¿qué hay de malo en ser naturales y mostrar nuestro lado sensible? ¿Qué es lo peor que nos puede pasar? Las consecuencias de “arriesgarnos” y ser naturales ¿son acaso peores que vivir continuamente actuando por miedo a ser dejado? Seamos sensatos, no podemos estar las 24 horas del día fingiendo una actitud.

Echando balones fuera

Otra reacción derivada del miedo al dolor, es el hecho de culpabilizar a los demás de los errores que pertenecen a uno mismo.

Tras una ruptura, durante las primeras semanas, tendemos a culpabilizarnos a nosotros mismos de todo lo que ha pasado. Es en esos momentos cuando recibimos palmaditas en la espalda de nuestros más cercanos. El mostrarnos en un estado tan frágil provoca en los demás un sentimiento de empatía y de lástima que les empuja a darnos ánimos. Es un gesto bienintencionado, pero que no nos ayuda.

Cuando estamos sufriendo el duelo no podemos, simplemente, hacer causantes de nuestra situación a lo mala que ha sido la otra persona. Eso no nos ayuda en nuestro crecimiento personal. Si nos descuidamos, si no reflexionamos sobre nuestro papel durante la relación y la ruptura, podemos crear la falsa percepción de que nosotros no tenemos la culpa de nada.

Es entonces cuando estamos cayendo en un error del que es difícil percatarnos: no vemos nuestra propia culpa, nos negamos a pasarlo mal, a sufrir la mala etapa que estamos viviendo. Es otro escudo anti-dolor que nos empeñamos en enarbolar. Queremos estar bien lo antes posible. Queremos volver a tener otra pareja lo antes posible.

Hacer ver a alguien que lleva este escudo, que parte de la culpa es suya, puede llegar a ser una tarea inútil. Los argumentos rebotan en esa persona si se cierra a la autocrítica porque, justamente, no está dispuesto a recapacitar.

Y así pasan los días, convencidos de que la culpa de nuestra situación se debe a la mala actuación de nuestra ex pareja. El dolor queda en segundo plano, tapado por esta idea de no culpabilidad. Somos víctimas inocentes de una persona caprichosa y maliciosa que ha jugado con nosotros.

Pero esta forma de actuar tiene sus consecuencias, las cuales se hacen perceptibles cuando iniciamos una nueva relación. Si no hemos aprendido nada y no hemos sacado conclusiones de nuestra etapa anterior, caeremos indefectiblemente en una nueva situación de ruptura, de nuevo, pensando que la culpa no es nuestra.

Entramos así en una espiral de la que es difícil salir si no hacemos introspección y solucionamos nuestros propios errores. Conviene tener siempre claro que no importa lo que haya o no haya hecho nuestra ex pareja, sólo importan nuestros propios errores, pues son los que debemos corregir.

Las malas etapas hay que superarlas, cierto… pero hay que aprender de ellas, y para tal fin es necesario tiempo y meditación.

El dolor ayuda a ser feliz

La mente tiene una gran capacidad de olvidar o reconvertir situaciones desagradables. El paso del tiempo ayuda a digerir estas situaciones, a almacenarlas y a quitarles la gravedad que tienen en el momento en que se viven. Es un mecanismo de supervivencia.

Por eso, todo el que piensa que el dolor es eterno, que nunca va a terminar… está equivocado. Y no solo eso, las malas etapas, esas que tanto se temen, sirven para encarar el futuro. Se convierten en experiencias. Se aprende de ellas. Son el mecanismo del que echamos mano cuando se producen situaciones similares. Nos ayuda a sortearlas con éxito, a no vivir una situación similar con la misma intensidad. Nos enriquece. Nos ayuda a ayudar a los demás. Nos da sabiduría…

En definitiva, nos sirve para madurar.

Pero todo esto se consigue si vivimos, paso a paso, la fase que nos toca vivir, sin empeñarnos en superarla lo antes posible. Si reflexionamos y damos más peso a nuestras acciones que a las acciones de los demás. Hacer por solucionar nuestros fallos y esforzarnos para ello es lo que nos hace más grandes, y uno siempre es grande por si mismo, sin depender de nada externo a él.

Al fin y al cabo, la vida es una suma de momentos: picos de bienestar y felicidad, pozos sufrimiento y dolor, y llanuras de intrascendencia. No podemos esquivar lo malo ni quedarnos eternamente con lo bueno, pero sí podemos sacar, siempre, lo mejor de cada momento que vivimos.

Y una vez hemos aprendido, hemos reflexionado y nos hemos creado una filosofía propia, por la cual tenemos claro qué alejar y qué acercar a nuestra vida, estamos listos para mantener una relación, sin escudos, sin limitaciones… sin miedos.

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