No eches la culpa a tus zapatillas

No eches la culpa a tus zapatillas
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Hay personas que, al entrar en empareja2.es lo hace pensando ‘me ha dejado mi pareja… mirad lo que me ha hecho’, insultando a esa persona y culpabilizándola de todo lo que ha ocurrido.

Algunos títulos son del tipo ‘otra más para la lista de víboras’, ‘cómo ha podido ser tan cabrón’, ‘no me di cuenta de la persona que tenía al lado’, ‘me hizo daño a mí y a sus amigos’.

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Todo este aire victimista e inaguantable… proviene de un error.

Este no es un sitio para vengarse de una ex pareja o para verter toda la mierda del planeta contra quien nos ha dejado. En el foro, un 90 por ciento de los abandonados sólo cuenta lo que quiere contar. La otra parte (su ex pareja) suele tener bastante que decir. Con esto no queremos decir que los argumentos de los foristas no sean sólidos, sino que pueden ser subjetivos y, si no vienen acompañados de reflexión, erróneos.

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Imaginemos algo…

Vas a participar en una maratón. Unos meses antes ves unas zapatillas realmente explosivas. El vendedor dice que, a pesar de ser caras y tener buena tecnología, no hay número para ti. Calzas un 43 y sólo hay 42. A pesar de que es innegable que esa zapatilla no va contigo, estás tan cegado por la deslumbrante tecnología (que la zapatilla hace de todo, se ajusta al clima, brilla por la noche y se abrocha sola) que decides comprarla. Al principio, es algo incómoda. Las primeras semanas, la presión en las uñas provoca heridas y en el talón hay muchas rozaduras. La verdad, no va muy bien la cosa…

… pero es tan fantástica y tan moderna… ¡Eres la envidia del circuito por donde corres! Todos dicen ‘joder, qué zapatillas más guapas te has comprado’… Y ahí estás tú, justificando día tras día cada problema:

– ‘Sí… es pequeña, pero si presiono un poco y me voy acostumbrando, se pasará el dolor’…
– ‘Bueno, no es tanto problema el de las uñas, sólo hay que llevarlas muy muy cortas para que no roce’…
– ‘Quizás el problema es de los calcetines, que tengo que comprarme unos menos gruesos o, directamente, no llevar nada, aunque me salgan ampollas’…
– ‘Si salgo a correr por la mañana, nada más levantarme cuando los pies no están hinchados, me va mejor… es un madrugón, pero merece la pena’.

Y así semana tras semana, justificando todo sacrificio, ocultando la verdad evidente: QUE ESAS ZAPATILLAS NO SON PARA TI.

Te lo dicen tu familia, tus amigos, tus compañeros de universidad, del trabajo… pero tú no haces ni caso, sigues empeñado en que todo encaje. Y que llegará el día en que todo sea perfecto. Adaptación cien por cien.

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Y llega el día de la maratón. La prueba más dura para tu relación con las zapatillas. Y antes de ponerlas tú a prueba… te ponen a prueba a ti: en el kilómetro 10 es un verdadero suplicio. Obviamente… hacia el kilómetro 20 tus piernas se han resentido; el kilómetro 30 y 35 notas que las heridas están sangrando. Tienes que abandonar la carrera.

Tanto tiempo entrenando y sufriendo para dar de lado la carrera más importante. Haciendo valoración, las zapatillas no te han dado más que disgustos. Decides darlas de lado, estar un tiempo sin ponerte una zapatilla, curar tus heridas…
Los primeros días echas de menos salir con ellas… pasear era todo un lujo. Dios… te da ganas de ponértelas de nuevo. ¡Y lo haces! Te las pones… andas un rato con ellas… y haces lo posible para que las uñas no rocen y no se abra la herida del talón. Todo el daño que te hacía la zapatilla, lo evitas. Andas despacio, sigilosamente, para que no vuelvan los daños.
Pero… cuando las cosas caen por su propio peso y empieza el paso normal… llega el dolor.
No hablemos de ponernos a correr. Ahí salen chispas.

Te recomiendan podólogos para superarlo, pero tú sabes perfectamente, en lo más profundo de tu pensamiento, que lo que no debes hacer es volver a calzarte ese 42.

Con el tiempo, el no haber podido correr la maratón comienza a transformarse en odio. Y empiezas a maldecir las tecnológicamente infames zapatillas. Odias el color, su luminosidad, su amortiguación, sus cordones automáticos, su sistema de ajuste al terreno… Todo lo que antes te parecía impresionante, ahora es nefasto. No entiendes cómo fuiste tan necio de ponerte ‘semejante mierda’. Empiezas a decir a la gente que no compre esas zapatillas, evitas que tus amigos compren esa marca. A tu familia no le dices nada, el tema es tabú total.

Pasan las semanas y te metes al gimnasio, a quemarte para hacer dorsal tras nuca, press de banca, sentadilla y press-militar. Cada serie que haces, repites en tu cabeza ‘para qué hice esa gilipollez, soy un estúpido, hijas de puta las zapatillas, qué daño me hicieron, no volveré a hacer eso jamás’. Empiezas, entonces, a negar a todas las zapatillas y empiezas a ponerte otro estilo de zapatos. No quieres ni ver las zapatillas parecidas a la tuya; al que lleva algo parecido, le dices que ‘no te darán más que problemas, a largo plazo te va a ir mal’.

Hasta que un día que estás más o menos recuperado y andas con normalidad, sin heridas, te cruzas por la calle con alguien que lleva tus zapatillas. Ahí está… la razón de tu fracaso en la maratón. La razón de por qué te quedaste sin ir a unas cuantas excursiones con tus colegas. La razón por la que has estado tanto tiempo cuidándote los pies, que te ha producido tanto sufrimiento. Las miras con recelo y vas a casa, a recordar lo mucho que te gustaban… y piensas que quizás deberías intentarlo… ¿quién sabe? Y así estás una semana, dudando de si las zapatillas te hacían daño o eras tú el abnegado que se lo hacía a sí mismo.

Por suerte pasa el tiempo, y has adquirido un criterio maduro y sólido. Te das cuenta de que tu fracaso con las zapatillas se debía a una simple cabezonería de ponerte algo que no te convenía.

Olvidémonos del símil…

… para ver que, obviamente, lo que no te convenía era la persona con la que estabas, no porque fuera una persona mala y egoísta, sino porque te empeñabas en estar con ella cuando era evidente que ella no quería estar contigo.

Su recuerdo hace algo de daño, sí, es posible. Sin embargo, ya no miras con recelo a otras personas. Ya no dices a la gente que tenga cuidado ‘que todos (o todas) son iguales’. Te das cuenta de que si una persona hace daño, lo mejor es abrir los ojos y detener la tortura cuanto antes. Adaptarse a algo que no encaja pese a ponerle ganas y tiempo, no da más que problemas. ¿Que esa persona no estará bien con nadie? Bueno… es muy típico decir eso cuando te han dejado y te pones en modo victimista. Pero claro, esa persona conocerá a mucha gente y tendrá más parejas.

Y quien esté con tu ex pareja dirá ‘es un encanto’.

Quizás es triste pensar que la persona que amamos no es para nosotros. Y nos justifiquemos e intentemos adaptarnos, día tras día, a ella. Pero debemos ser capaces de ver que no son las otras personas las que son malas. Somos nosotros, con nuestra debilidad, nuestra dependencia y nuestra poca autoestima, los que nos ganamos a pulso un sufrimiento que bien podríamos evitarnos actuando consecuentemente a la realidad.

Así que… realicemos una introspección profunda para valorar, con la cabeza muy fría, qué ha ocurrido en la relación. Porque los demás te quieren, si tú te quieres a ti mismo.

Nunca al revés.

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