Pensar en frí­o

Pensar en frí­o
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Todos hemos recibido una educación que se basa en un pilar fundamental: el respeto y la convivencia con los demás. En cierta manera, véase de forma metafórica y no literal, todos tenemos un alma que cuidar y mantener lo más pura posible. No, no pretendemos convertir a nadie en parte de una secta. Consideramos que el alma es una forma de definirnos a nosotros mismos, con nuestras virtudes y defectos, nuestra experiencia y madurez.

Por supuesto, la convivencia pacífica no implica dejarse avasallar por otras personas. El ser víctimas de ninguneos, desprecios y otras acciones que socavan nuestra autoestima debe hacernos reaccionar para evitarlas a toda costa. Por otro lado, debemos alcanzar la madurez suficiente como para no atacar a otras personas a causa de nuestra frustración y nuestros desengaños. Las derrotas no deben ser una excusa para mostrar rencor de forma justificada, sino que debemos utilizarlas para aprender y evolucionar como personas.

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Controlar el odio

Hay una frase, de origen japonés, que ilustra de forma excelente el odio, una cualidad intrínseca del hombre:

‘Si maldices a alguien, hay dos agujeros’.

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Es fácil de entender. En el momento en que estás deseándole mal a alguien, estás cavando dos tumbas: la tumba de la persona que quieres que ‘se muera’ y la tuya propia.

El odio es tan natural en el ser humano como el hambre y la sexualidad. Lo que nos convierte en auténticos hombres (y nos distingue de los animales) es aprender a controlar esos sentimientos. Si bien a falta de alimentos seríamos capaces de cualquier cosa para conseguirlos, a falta de sexo no vamos a violar a nadie. Tampoco a causa de despecho vamos a despotricar contra todos los hombres ‘porque son iguales’ o contra una mujer ‘que nos ha hecho daño’.

¿De qué nos sirve? ¿Qué obtenemos? Nos rebajamos a nosotros mismos, demostramos ante los demás que no sabemos soportar las adversidades de la vida sin enfurruñarnos como unos críos, decimos e incluso pensamos cosas que realmente no creemos, demostramos poca madurez, afecta a nuestro estado de ánimo, etc.… Demasiados contras y ningún pro.

Mientras estamos con una pala cavando la tumba (metafórica) de nuestra ex pareja, no nos damos cuenta de que también estamos cavando la nuestra propia. Estamos matando un trozo de nosotros mismos. Es una acción estéril, vacía de contenido positivo, de la que podemos arrepentirnos conforme el tiempo mejore nuestro estado de ánimo. Si somos conscientes de esto, sabemos que no debemos dejarnos llevar por un arrebato. Es mejor respirar profundamente y sosegarnos hasta ver las cosas desde otro punto de vista.

Pensemos en un ejemplo: supongamos un hombre recién dejado, hecho polvo, apático. Pasa el tiempo, inicia la desaparición y su estado de ánimo mejora levemente. Por terceras personas (que muchas veces podrán meterse la información donde todos sabemos) tiene noticias de que su ex sale todos los fines de semana (cosa extraña cuando antes no lo hacía). A él se lo llevan los demonios. ¿Cómo puede estar bien cuando él está sufriendo tanto? La respuesta es sencilla y lógica: ella lo dejó, ergo ella está mejor sin él. Automáticamente comienza a tener deseos de que las cosas le vayan mal a su ex, comienza a crear un odio que, en cierta medida, forma parte del proceso de duelo, pero no justifica su escasa voluntad de reemplazarlo por pensamientos positivos. La cuestión es que él puede pensar en todas las plagas de Egipto juntas atacando a su ex novia, que ella seguirá tan tranquila con su vida, mientras él la sigue teniendo presente en su mente. Él se verá incapaz de pasar página y alargará su agonía mientras que ella seguirá convencida de su decisión de haberlo dejado. Ni que decir tiene lo convencida que estará si el ex novio manifiesta su ira contra ella.

Traigamos otro ejemplo a nuestra mente: una chica a la cual su novio le ha dejado. Ella lo pasa mal, durante un tiempo no levanta cabeza, cree que está sufriendo la peor etapa de su vida. Y entonces… recurre a algo que, en cierta forma, le ayuda a sobrellevar esa etapa: odia a su ex, se ha dado cuenta de los ninguneos, cómo pasaba de ella, cómo prefería irse con sus amigos antes que estar con ella, cosas hirientes que dijo… muchos detalles encauzados por un odio que, a nivel subconsciente, hace más llevadero el duelo, pero que no le está sirviendo más que como parche emocional. Sigue pensando en él, pero haciéndolo con la cara oculta del amor. Qué malo y qué retorcido era, con lo buena chica que es ella, ¿esto es lógico o le va a reportar algún beneficio?

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Lo mejor que podemos hacer cuando aparece el rencor, la ira y el odio es hacer un zapping mental, distraer la mente con otra cosa: el próximo partido de liga, el próximo capítulo de esa serie tan interesante, los planes para las vacaciones o un nuevo proyecto que nos ha encargado el jefe, cualquier actividad es válida. No es tarea sencilla, pero es lo más sano para nuestra mente y nuestro cuerpo. Debemos hacer un esfuerzo para volver a un estado mental de normalidad (el que teníamos antes de conocer a esa persona).

Nuestra ex pareja y su comportamiento

Normalmente, tras una ruptura, nuestra ex pareja nos muestra una cara totalmente opuesta a la que conocíamos. En casos extremos se dan reproches, insultos, situaciones en las que pretende quedar por encima y uno se queda con cara de tonto, sin entender por qué hace eso, asegurando a conocidos y parientes que esa persona realmente no es así.

Lo más importante a tener en cuenta dada esta situación es una máxima que se ha repetido hasta la saciedad: esa persona no quiere estar con nosotros. Una vez nos hemos quitado las manos de los ojos y por mucho dolor que nos cause, lo que debemos hacer para evitar más dolor es aprender a que esa actitud nos resbale como el agua a los patos, mantenernos firmes, como un acantilado que recibe los golpes de las olas.

Bien, ya somos conscientes de que no nos deben afectar ciertas acciones. Y si aun nos afectan, debemos saber reponernos, pensar en positivo, sacando fuerzas de donde no hay.

Una vez hemos llegado a este punto podemos analizar su comportamiento:

El que nuestra ex pareja actúe de esa forma deja patente su inmadurez, su rencor y su estupidez. Solo por eso ya deberíamos alegrarnos de tenerla bien lejos. Los desprecios, los feos, las acciones encaminadas a dejarnos por debajo del pedestal en el que cree estar, son señales inequívocas de que no valemos nada para a sus ojos. Por supuesto, nosotros tenemos demasiada clase como para rebajarnos a ese nivel, por lo que de nuevo haremos uso de nuestra mejor baza: la indiferencia. Debemos situarnos nosotros en el pedestal de la indiferencia.

Lamentablemente, a veces, los sentimientos son un lastre que nos impide avanzar de forma correcta. Es muy duro haber depositado tu confianza en una persona que ahora nos está amargando la existencia. Estas situaciones son de todo menos fáciles. Por suerte, disponemos de un arma muy eficaz para hacerles frente, siempre que se utilice correctamente: nuestro cerebro. Debemos tener criterio, ser inteligentes y, sobretodo, ser conscientes de hasta qué punto deben guiarnos nuestras emociones, porque pueden llevarnos por caminos equivocados.

Una persona inteligente sabe de qué situaciones debe alejarse, aunque su corazón trate de boicotear ese alejamiento. Una persona inteligente sabe que no debe reaccionar contra ninguna provocación, porque sólo con hacerlo estará cumpliendo las expectativas del que provoca. Porque responder al odio con odio no es actuar de forma sensata, sino dejarse llevar por la opción más fácil, que en principio puede servirnos de desahogo, pero que a la larga puede llevarnos al arrepentimiento y a la vergüenza. Es una actitud que no nos beneficia, que nos pone al nivel de aquel a quien increpamos.

La venganza siempre deja un gusto amargo

Al terminar una relación, muchas ‘personitas’ desean vengarse de su ex pareja, devolverle en el futuro todo el dolor que le ha causado…

Sin ninguna duda, sin ninguna excepción, esta forma de pensar es mezquina, cobarde y autodestructiva. La venganza no hace feliz a nadie y provoca malestar a todos. La venganza no es justicia, por si alguien piensa que perder a su pareja es injusto y merece una compensación. La venganza tira por tierra nuestra capacidad de superación y renovación, y resalta nuestra debilidad y nuestra incapacidad de hacer frente a las adversidades de la vida.

Además… ¿quién hace daño a quién? ¿Nuestra ex pareja por dejarnos? Quiere empezar una nueva etapa sin estar con nosotros, no nos hace daño a propósito, sino que mira por su felicidad, no puede seguir engañándose sólo por no provocarnos dolor. La ruptura en esos casos es inevitable y necesaria. Quedarnos anclados en culpas y reproches sólo indica que no tenemos ningún interés en avanzar, sino en sentirnos víctimas de esa situación tan mala que hemos tenido la ‘desgracia’ de sufrir. Por lo tanto, la culpa elegir sufrimiento o recuperación es sólo nuestra, no de una persona que ha tomado una decisión consecuente con sus sentimientos.

¿Vamos a vengarnos del profesor que nos suspendía? Si hubiéramos estudiado más, no le daríamos ningún motivo para suspendernos ¿Del jefe que nos despedía? Podríamos quemarle el coche para que nos devuelva el trabajo, suena trágico, ¿Del amigo que nos traicionó? Alégrate de que mostró su verdadera cara y te lo has quitado de encima. – ¿De la persona que nos dejó? Seamos inteligentes y no perdamos nuestra buena conducta con actos tan rastreros. Sepamos estar a la altura de las circunstancias. Que no nos pueda reprochar nadie la ausencia de madurez. En mayor o menor medida, estas son situaciones desagradables que todos hemos sufrido y en ninguna de ellas está justificado tomar represalias.

A continuación, cabría recordar varias frases interesantes, que pueden ayudarnos, en un momento dado, a olvidar ideas de venganza:

Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él. (Sir Francis Bacon)

Una persona que quiere venganza guarda sus heridas abiertas. (Sir Francis Bacon)

La venganza es una herencia de las almas débiles; nunca se cobija en los corazones fuertes. (Theodore Corner)

La venganza es solo un placer de pequeñas almas. (Juvenal)

En definitiva, es un acto de débiles, con el cual, además de hacer mal a los demás, también estamos haciéndonos mal a nosotros mismos.

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