El poder masculino, ¿factor de atracción?

El poder masculino, ¿factor de atracción?
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Sin duda, el poder siempre resulta atractivo para una mujer. Pero, ¿de qué tipo de poder hablamos? No hablamos del poderío económico ni de la ciega ambición que pueden hacer al hombre un ser prepotente, arrogante, pedante y egocéntrico; no hablamos de un tipo duro, carente de sensibilidad más que para él mismo y dispuesto siempre a pisar a quien haga falta con tal de conseguir sus objetivos. Este tipo de poder no nos gusta a las mujeres y más bien lo encontramos detestable. Un hombre así no lo queremos ni regalado.

Poder es para nosotras, un hombre inteligente, maduro, fuerte, vigoroso, masculino y más apuesto que el común de los hombres, un hombre seguro de sí mimo y perseverante en sus decisiones, un hombre capaz de ‘dominarnos en cierta manera sin que por ello perturbe nuestra individualidad, un hombre ambicioso que acepte sin miedo los desafíos de la vida pero que sea al mismo tiempo humilde, honrado, noble e integro, cordial, tierno, afectuoso y detallista. Ese hombre, con su elegancia al vestir, con su planta, su seguridad, sus modales, su habla, su inteligencia y madurez y su buena condición social y económica se convierte fácilmente en el hombre perfecto con quien fantasear locuras amorosas.

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Algunos habrán puesto las antenas bien altas al escuchar eso de ‘su buena condición social y económica’. Que no se malinterprete. Las mujeres no buscamos un hombre con dinero para que nos colme a regalos y a caprichos materiales. Tampoco buscamos un hombre que nos mantenga. El dinero, para nosotras, sólo es un símbolo de lo que se esconde detrás: y es que evidentemente si la persona en cuestión tiene dinero –y tampoco hace falta que sea rico-, eso significa que tiene un buen trabajo, y si tiene un buen trabajo significa que tiene determinados atributos (inteligencia, capacidad, tenacidad… ) que le permiten ser en ese trabajo alguien competente y exitoso. Es pues, en última instancia, su cerebro y las cosas interesantes que pueden salir de ahí, y no el dinero, lo que las mujeres encontramos poderoso, y como poderoso, atractivo.

Que nos inviten de aquí para allá, que el hombre conduzca un coche caro, o que nos compren un anillo de diamantes, en realidad nos importa cuatro pepinos. A una mujer, le podría dar morbo para sus sueños una bañera de champagne, pero no le importará si en la realidad sólo hay agua y probablemente, casi lo prefiera. Las mujeres no buscamos el lujo sino el detalle. No buscamos una cena en el mejor restaurante de la ciudad el día de nuestro aniversario. Nos basta la mesa de siempre pero con dos velas, un postre de chocolate en lugar de una pera y no tener que pedir a nuestra pareja que ese día no ponga el partido. No queremos un enorme ramo de rosas, nos basta un ‘te quiero’ y un ‘vamos por ahí a tomar algo los dos solos’. Si nos regaláis un bonito portarretratos con una foto de ambos seguro que nos gustará mucho, pero en lo que pondremos ilusión y verdadero interés será en la foto escogida, que no en el marco. Y es que los regalos no nos van a hacer sentirnos más queridas por ser más caros sino por estar especialmente pensados para nosotras. Nos gusta ver y saber que habéis invertido tiempo y esfuerzo en pensar qué puede hacernos felices, y, ciertamente, ir a una tienda y comprar el bolso más caro es la opción más rápida, más frívola y más vulgar. La cuestión es que nos gustan los hombres generosos, y que sean también generosos en su tiempo.

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Evidentemente habrá excepciones, como en todo, y existirán mujeres altamente materialistas que sólo basen el amor de su pareja en el dinero que se gasta en ellas, pero por lo general y si la mujer tiene un mínimo de inteligencia los tiros acostumbrarán a ir por otro lado.

Lo cierto es que encontrar un hombre con ese poder no es tarea fácil. Ese es el hombre ideal para la mujer, y en tanto que es ideal cumple con todos y cada unos de los requisitos que cualquier mujer desearía. Es el hombre perfecto con el que fantaseamos, pero en esas fantasías muy a menudo ella tampoco somos nosotras, sino una versión perfecta de nosotras mismas. En otras palabras, una mujer inteligente es consciente de que la realidad es algo distinta y de que en lo terrenal no existe lo sublime. Todas las personas tenemos defectos e imperfecciones, y una mujer madura y con capacidad de autocrítica asume que ella también los tiene.

Por ello es que en la práctica, de entre todas las cualidades mencionadas del hombre con poder según la mujer, esto es, del hombre perfecto, se da prioridad a unas sobre otras, y por lo general lo primero que tenemos en cuenta las mujeres es la integridad y honradez. Queremos, sobre todo, un hombre noble, leal y bueno, aunque tal vez no sea extremadamente fuerte e independiente, aunque no sea extremadamente detallista y cariñoso, aunque no sea la inteligencia personificada, aunque no tenga escondida una fortuna… y es que alguien desleal y sin principios jamás alcanzará el honor de su mirada. En segundo lugar la mujer suele sentirse atraída por su autonomía y su individualidad, seguida de su empatía, su ternura y afectuosidad en tercer lugar . El hombre bueno, noble, honrado, y que además se comporta con ella con empatía, detallismo y afectuosidad puede llegar a ser una lapa si no tiene un mínimo de personalidad y autonomía. Por ello, lo mejor es el término medio, un hombre bueno y noble y que sea a su vez independiente y autosuficiente a pesar de que no sea excesivamente romántico ni detallista.

Finalmente, estarían el nivel de inteligencia y la condición social y económica. En lo referente a la inteligencia, ésta seguramente dependería del grado de inteligencia que tenga también la mujer, ya que por lo general buscamos mentes bastante paralelas a la nuestra, ni mucho más inteligentes que nosotras ni mucho menos, aunque, si lo son un poco más, no nos quejamos, y de hecho acostumbramos a buscar esa pequeña diferencia hacia mejor justamente porque en ella radica el poder que mencionábamos antes: queremos un hombre con quien podamos acoplarnos y encajar bien mentalmente pero que a su vez despierte nuestra admiración. Lo mismo sucede con el poder adquisitivo y con la condición social, que dependerá, básicamente, de la nuestra. Intentaremos encontrar a alguien que viva algo mejor que nosotras, pero tampoco a alguien que esté ya al otro lado, ni por arriba ni por abajo. Lo normal es buscar alguien con nuestras similares costumbres, paralela educación, e intereses y proyecto de vida parecidos.

De todas formas, dentro de las preferencias femeninas, el que nuestra pareja tenga una inteligencia admirable o el que tenga algo más de poder adquisitivo es realmente un añadido y por tanto totalmente prescindible.

Y es que el poder atrae, pero la concepción de poder que tenemos las mujeres va mucho más allá de lo estrictamente material y económico. Es el poder de una mente y de la fortaleza espiritual con la que esta mente se desenvuelve. La mujer no quiere acostarse ni con un cuerpo ni con un saco de euros ni con un libro de ensayo o filosofía. Simplemente quiere hacerlo con una mente que sea fuerte y bondadosa.

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