Problemas con los hijos

Problemas con los hijos
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A continuación, se expone la problemática en la convivencia con los hijos

No consigo que vaya al colegio
La ansiedad de separación es la aprensión que el niño (y a menudo los padres también) sienten al dejar a la otra persona.
La ansiedad de separación puede ser causada por un número de factores, uno de los cuales es un grado anormal de proximidad entre el niño y el padre y/o la madre. Este ‘exceso de proximidad’ puede iniciarse cuando uno de los padres está ausente, o hay una enfermedad significativa en la familia. En estos casos, algunos niños temen que suceda algo malo si se van de casa.

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La ansiedad de separación puede ser enmascarada por una serie de síntomas físicos inexplicados tales como dolores de tripa o de cabeza, que hacen que los padres dejen al niño quedarse en casa y no ir a la escuela. Por otra parte, es frecuente que un niño no desee ir de nuevo al colegio después de estar enfermo, y que prefiera prolongar la sensación acogedora de que lo cuidan en casa.

?En casos excepcionales, los padres deben considerar si existen otras razones por las que el niño no quiera volver al colegio. De cualquier modo, cuanto antes vuelva, mejor para el niño: la readaptación será más dura a medida que pierde clases. A menudo, cuando se vuelve a la situación normal, la rutina de las clases y la interacción con los compañeros, los síntomas de enfermedad desaparecen.

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Los padres deben entender que el ir a la escuela es un paso importante en el proceso de desarrollo y socialización del niño. El camino desde la niñez protegida y dependiente a la independencia responsable de la vida adulta pasa por la escuela, y ésta es, probablemente, insustituible por otras alternativas de educación.

¿Por qué suspende?

Lo primero que se nos pasa por la cabeza al ver el suspenso de nuestro hijo es que no ha estudiado suficiente, que juega demasiado a los videojuegos o que es un “vago”.

Sin embargo, lo primero que deberíamos hacer es echar la vista atrás para comprobar si es su primer suspenso, si ya ha ido “arrastrando” desde cursos anteriores y, lo que es más importante, si ha ocurrido algo a su alrededor últimamente que hay podido influir en estos resultados.

Existen múltiples causas que pueden provocar el fracaso escolar de los niños, desde causas físicas: como déficit visuales o auditivos no diagnosticados; hasta dificultades de origen psicopedagógico o logopédico. Algunas de esas causas psicológicas son:

-Dificultades de Aprendizaje: si el niño es menor de 10 años es posible que presente dificultades de memoria, atención, problemas de lectoescritura o baja comprensión lectora.
-Hiperactividad: A un niño hiperactivo le cuesta permanecer sentado y fijar la atención, responde precipitadamente y habla en exceso sin escuchar, por todo ello, su rendimiento escolar será inferior a lo esperado.
-Problemas personales: Cuando el que suspende es un adolescente es frecuente que detrás de esos suspensos aparezcan problemas de autoestima, inseguridad o estados depresivos.
-Ausencia de hábito y desconocimiento de técnicas de estudio: muchos niños se han acostumbrado a recibir un exceso de ayuda por parte de padres o hermanos y son incapaces de realizar por sí solos las tareas o estudiar.

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En cualquier caso, es imprescindible permanecer alerta ante cualquier señal de alarma, consultar al profesor y si es necesario, acudir al logopeda, psicólogo o pedagogo para que determine la causa del problema y marque el tratamiento educativo necesario.

No me obedece…
Diversas situaciones que veremos más adelante, ponen en evidencia un error que muchos padres cometen en la educación de sus hijos: socavan y derrumban su autoridad al poner de manifiesto su falta de unión y entendimiento. Estos padres están derribando los pilares de la confianza y el respeto mutuo sin pensar que mañana ‘se les caerá el techo encima’. Los padres que sistemáticamente hacen añicos su propia autoridad, no pueden pretender que sus hijos les obedezcan.??El ejemplo de confianza en los cónyuges facilita le obediencia de los hijos, en cambio, inclinan a la desobediencia los padres que con sus discusiones dan un ejemplo de discordia. En la mente del niño la familia es una unidad y los padres son una sola cosa -como idealmente debe ser- y actitudes opuestas sobre un problema lo desorientan. No debería haber grandes disensiones entre los padres, pero si las hay, el niño debería observar que se resuelven dentro de ciertos límites de respeto y confianza.??Si uno de los cónyuges considera equivocada una medida tomada por el otro, no lo contradiga delante del niño. Si cree absolutamente necesario intervenir en ese momento, hágalo con serenidad y prudencia y solamente para mitigar las consecuencias de lo que él considera un error. Las críticas, el cambio de ideas y el acuerdo sobre cuál es la mejor manera de educar a los hijos, vendrán después. Nada hay más perjudicial para los que ejercen la autoridad, que discutir ‘perdiendo la cabeza’ frente a sus subordinados. Si uno pierde la cabeza, que el otro la conserve. Así no dará a sus hijos el triste espectáculo de una discusión violenta, incongruente, de oídos sordos, de odios y rencores entre los seres que más ama.

Las consecuencias de un error educacional, salvo excepciones, nunca serán tan graves como la de una disputa conyugal delante de los hijos.
??Además, en ningún caso los esposos deberían desautorizarse modificando una orden dada por el otro, otorgando un pedido negado o levantando una penitencia impuesta. Además de perder autoridad, crean mutuos resentimientos -gérmenes de futuras discusiones- e incitan al niño a adoptar una actitud ‘astuta’ frente a sus padres: oscilando como un péndulo hacia uno u otro, según convenga a sus deseos. Igualmente, los padres no deberían recurrir a la amenaza de contárselo al otro, es una confesión de impotencia que les quita autoridad moral.?

La obediencia de los hijos es el reflejo de la unidad conyugal y ésta es producto de la confianza y el respeto que reina entre los padres. Un ambiente cargado de comprensión; sinceridad; comunicación; tolerancia; sacrificio y búsqueda de una auténtica felicidad de los seres que se ama. Cuando en un hogar se vive este ambiente, difícilmente llegan a ser un problema los hijos adolescentes. La unión y buena voluntad de los padres, permiten al adolescente superar las dificultades que normalmente se le presentan. Cuando un joven vive en un ambiente en que se ama y se siente amado y comprendido, tiende a sentirse ayudado por esos seres que lo aman y a quienes ama.

A continuación planteamos situaciones que provocan lo comentado:

Situación: Una tarde de otoño ya avanzado, un niño estaba por salir cuando su madre le dice: ‘Va a refrescar. Cuida de no resfriarte. Ponte un abrigo’. El padre -delante del niño- interviene diciendo: ‘¡Déjalo que salga como está! No hace tanto frío. Vas a hacerle un debilucho’. ‘¡Claro! -contesta la madre levantando la voz-. Como no eres tú quien lo cuida cuando se enferma…’

El niño, tras observar la situación, se da cuenta de la poca concordancia que existe entre sus padres. Y claro, si ellos no se entienden, ¿cómo va a entenderlos el pequeño?

Situación: El padre amonesta severamente a su hijo. La madre -delante del niño- recrimina al padre diciéndole: ‘Eres muy exigente con el niño, ¿no recuerdas lo que tu hacías a su edad?’. El padre -casi gritando-: ‘¡No te metas! Yo sé lo que hago. ¿Qué se cree este mocoso? ¿Que va a hacer lo que quiera?’.
Situación: Un día domingo el padre y el hijo están por salir de paseo. La madre recomienda al primero que cuide lo que el niño coma. Van al parque de diversiones y el padre deja que el niño coma dulces y toda clase de comidas en los puestos ambulantes, pero le advierte: ‘No se lo digas a mamá. Dile que comiste otra cosa’.

Situación: ‘Usted se queda en cama en penitencia hasta que yo regrese’, le dice el padre a su hijo en castigo por alguna travesura. Luego se va al trabajo. Media hora después la madre se acerca a la cama del niño y melosamente le dice: ‘¡Pobrecito! y agrega, con un gesto en el que trata de ser severa pero que no engaña al niño: Es la última vez que desobedeces a papá. ¿Estamos?’.

En estas tres situaciones vemos como el niño obtiene lo que quiere por parte de uno de los dos cónyuges (el contrario al que le ha impuesto el castigo). Esto lo desestabiliza y le hace entender que puede terminar imponiéndose ante ellos.

Situación: Harta de los ‘desastres’ que el niño ha provocado, la madre le dice con tono amenazante: ‘¡Vas a ver cuando venga papá! Le voy a contar todo lo que hiciste. ¡La paliza que te va a dar!’. El padre regresa y su mujer cumple con lo prometido. ‘Este niño estuvo insoportable. Hizo esto y lo otro’. El padre reacciona malhumorado: ‘¿Acaso yo soy el ogro? ¿Por qué no lo castigas tú? Uno llega del trabajo esperando encontrar tranquilidad y se encuentra con esto’. La madre excitada replica: ‘¡Y todavía te quejas! Se ve que no tienes que aguantarlo todo el día. Además… ¿qué crees que hago yo en casa? ¡Si trabajo más que tú!’. Las palabras van y vienen.

Tras la discusión entre los padres, él niño observa como la figura de “educador” la tiene, en este ejemplo, el padre, por lo que, además de sentirse agobiado por la disputa, deja a un lado el papel materno en su educación. No hablemos ya de si hay violencia de por medio.
La educación es la base de la personalidad y comportamiento de todo niño, cuidémosla para obtener resultados positivos.

Además de no obedecerme, me maneja
En los últimos años se observan cada vez más casos de comportamiento violento por parte de los hijos hacia los padres, llegándose a plantear la existencia de un tipo de niño llamado ‘dictador’ cuya conducta se caracteriza por la imposición continua de su voluntad, empleo del chantaje emocional e incluso de la violencia.

Este comportamiento comienza a detectarse a partir de los seis o siete años, aunque puede retrasarse hasta los 10. Se aprecia especialmente en núcleos inestables o con relación padres-hijo no adecuada. Suele tratarse de hijos únicos y con pocos hermanos, o que por diferencia de edad se han quedado solos en casa.

No es lo mismo un niño consentido que un niño ‘tirano’. Todo niño o niña tiende a ser egocéntrico y caprichoso, pero los padres saben poner límites a sus exigencias. El niño se convierte en dictador cuando obtiene respuesta a todas sus peticiones, con lo que adquiere una actitud manipuladora, distante y de desprecio. Es un tipo de educación que no pone límites al egocentrismo del niño, olvidando valores tan importantes en la educación como el sacrificio o la renuncia, con lo que se consigue algo imprescindible en la vida psicológica del individuo como es la tolerancia a la frustración.
Otro factor importante es la lejanía educativa de los padres, ya sea por trabajo, etc.… la soledad y la falta de comunicación hacen que el niño se apoye en la pandilla o modelos que ve en televisión, que normalmente deterioran el concepto de autoridad, y abogan por una actitud rebelde y ‘sin límites’. Por último, se da demasiada importancia al consumismo, así como a obtener un poder adquisitivo alto, el goce de una imagen de éxito ante los demás. Esto puede desembocar en una actitud déspota.

Un comportamiento de esta naturaleza pasa factura sobre todo al propio niño, ya que genera una dinámica peligrosa en su maduración como persona. Además de por la falta de autoridad, porque el egocentrismo y la ausencia de autocontrol provocan muchas veces el enfrentamiento con el entorno.

Ante esta situación no debemos huir del problema, debemos evitar que el niño perciba debilidad en la firmeza de los padres. Hemos de intentar una aproximación sin dejarse avasallar, poniendo límites a las exigencias del menor sin buscar enfrentamiento violento. La figura de un mediador, pariente o amigo, puede facilitar la solución, aprovechando su proximidad al niño, puede reinstaurar en él el concepto de autoridad y acercarlo afectivamente a sus padres. Por último, promover en él aficiones que sirvan como vía de escape y desahogo como el deporte, o que lo hagan más abierto al mundo puede ser muy positivo.

Mi hijo es un caprichoso
Las rabietas son cuadros en forma de lloros incoercibles, gritos, o movimientos incontrolables que suelen aparecer en la infancia. Las rabietas son una forma de expresión ó comportamiento destructivo ó pícaro que aparece como respuesta a necesidades no satisfechas.
Por ello son una descarga emocional con pérdida del control del temperamento e incapacidad para controlar las emociones debido a una disminución de la tolerancia a la frustración cuando se niega una satisfacción concreta.

Se intenta de esta forma llamar la atención para obligar a los demás a satisfacer las necesidades o deseos.
Las rabietas se pueden considerar normales si aparecen ocasionalmente, entre el primer y cuarto año de vida. Si son muy frecuentes o duran más de 15 minutos el tema ya no es normal y es necesario consultar con el médico.

El comportamiento de los padres puede ser un factor facilitador de las mismas ya que si la rabieta cumple con sus objetivos se estimula su frecuencia.
La mejor forma de superar este problema es el aislamiento (dejar solo al niño) y la no satisfacción de sus deseos, con ello se convierte en un comportamiento indeseables e inútil, tendiendo a desaparecer.

Tengo un hijo adoptado, ¿cómo y cuándo se lo digo?
El primer concepto a tener en cuenta es que el niño adoptado por una pareja estable y deseosa de adoptarlo, no se diferencia en nada del niño cuyos padres son biológicos y comparten con él su material genético. El desarrollo y la interacción afectiva son idénticos.

En opinión de muchos pediatras y psicólogos, el niño adoptado debe saber la verdad tan pronto como sea capaz de entender, en el momento de tener uso de razón, lo que probablemente será antes de los 4 años de edad. Es importante ajustar esta información de acuerdo a su grado de madurez, para que la comprenda. Cuando vaya creciendo, y haga preguntas más específicas, se le deben dar respuestas sinceras, pero sin presionar el flujo de información.

Los niños adoptados no presentan ningún problema diferente de los niños de su misma edad; sin embargo, si se adopta un niño mayorcito, es importante enterarse de sus antecedentes, para proporcionarle la ayuda que requiera.

Cuando otra persona ajena a la familia pregunta, se le debe contestar también de forma sincera.
Si el niño quiere conocer a sus verdaderos padres, debe permitírsele expresar sus sentimientos y asegurarle que se le ayudará a buscarlos si todavía desea conocerlos cuando sea mayor. No se le debe empujar a buscarlos, pero tampoco se le debe impedir hacerlo. De forma paulatina, suelen ir entendiendo por sí mismos la dificultad de hacerlo, los problemas legales que ello implica, etc. En este sentido, la legislación varía según los distintos países.

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