Tiempos de soledad

Tiempos de soledad
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Cuando nuestra pareja nos deja, además del dolor de sentirnos abandonados por la persona que amamos, se nos viene encima una losa pesada que nos aplasta cada día: la soledad.

Tiene una connotación altamente negativa y por eso la tememos y evitamos. Es, de hecho, considerada un castigo al que cualquiera puede estar expuesto. Comienza en la adolescencia y juventud cuando, si nos sentimos rechazados por el grupo social en el que estamos inmersos, nos encerramos en nosotros mismos. En la madurez es aún más frecuente ya que, debido al ritmo de vida de las parejas que conviven hoy en día, surge la incomunicación y llegan las separaciones y los divorcios, que son una de las principales causas de la soledad en las personas adultas de nuestro siglo. En la vejez, el problema se agudiza más si cabe, porque nos sentimos aislados e ignorados del entorno familiar.

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La soledad es así una de las principales causas de sufrimiento y la causa de muchos trastornos psiquiátricos como la ansiedad o la depresión. Cuando el problema llega a estas dimensiones y se trasforma en enfermedad, se precisan tratamientos médicos. Por eso hay que intentar, antes de llegar a estos límites, rentabilizar los momentos de soledad por los que alguna vez, todos nosotros pasamos.

¿Cómo rentabilizar la soledad?
Lo primero que necesitamos es dar un giro a nuestra forma de pensar y dejar de considerar la soledad como una experiencia traumática. La soledad tras una ruptura amorosa debe verse como un momento propio para reflexionar sobre lo ocurrido con la pareja, conocernos a fondo a nosotros mismos y encontrar nuestra verdadera identidad. Es un tiempo en el que cambiamos la comunicación con el otro por la comunicación con nosotros mismos. Nos miramos de frente, cara a cara, nos decimos las verdades al desnudo y vemos realmente de lo que estamos hechos.

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Es por eso que tras una ruptura, la soledad temporal es una buena opción, tal vez la mejor. En esos momentos de nuestra vida puede ser muy positivo, casi necesario.

Enlazando parejas
Tendemos a suplir la carencia y el vacío que una pareja nos deja sustituyéndola de inmediato, creyendo que al poner a otra persona en su lugar, evitaremos el sufrimiento que nos está invadiendo y volveremos a ser tan felices como antes. Gran error. Esto sólo nos sirve para rellenar los huecos que la otra persona dejó libres tales como hacer planes con alguien los fines de semana, tener con quien hablar si algo te preocupa, no encontrar la casa sola cuando llegas del trabajo y demás cotidianidades a las que la vida con pareja nos ha ido acostumbrando. Comportamientos, por otro lado, enteramente sustituíbles por otros o realizables en otras compañías, como la de un familiar o amigo.

Otra de las causas por las que corremos tras una pareja nada más dejarnos otra es que, en estos tiempos, estar sin pareja a cierta edad, nos encasilla en una categoría social de solterón que no nos gusta nada. O lo que es peor, nos toman por el caso perdido que, por falta de madurez, no es capaz de sentar la cabeza con nadie.

Y la principal de las causas de enlazar parejas es el temor a quedarnos solos con nosotros mismos. En muchos casos se huye de tener que verse de frente, ponerse delante del espejo y que no nos guste lo que se ve. Nosotros mismos somos nuestro juez más implacable y quien realmente va a ser sincero con nosotros. Por eso recurrimos a tener a alguien al lado que nos diga de nosotros lo que queremos oír, no lo que nos diríamos nosotros mismos si nos tuviéramos delante. El que huye de su propia realidad porque no le gusta, intenta no estar nunca solo.

Por unas causas o por otras, según se termina una historia de dos, corremos en busca de la siguiente, cuando en realidad es el momento propicio para echar el freno. No hay por qué tener miedo a la soledad. Estar sin pareja no es en absoluto peyorativo o deshonroso, no nos descalifica como personas. Es más, está demostrado que no es necesario tener pareja para ser feliz. Podemos llevar una vida plena sin necesidad de tener a nadie al lado. Pero sólo nos daremos cuenta de esto partiendo de la base de que una pareja no nos completa, simplemente nos complementa.

Decía Platón que al principio de los tiempos los hombres eran esféricos y como castigo de los dioses, fueron partidos en dos. Desde entonces todos los hombres buscamos irremediablemente nuestra ‘media naranja’ para volver a ser un uno, un todo completo. Desmitifiquemos esta teoría ya.

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Cada uno se completa a sí mimo gracias a un ejercicio de introspección y auto-conocimiento. Nosotros tenemos dentro un sinfín de posibilidades latentes que podemos desarrollar y que si lo hacemos, nos darán la seguridad en nosotros mismos que deseamos y que nos hará deseables. Sólo así nos convertiremos en seres completos. Nadie de fuera va a venir a darnos nada que no tengamos ya dentro de nosotros mismos esperando desarrollarse, nadie de fuera nos completa.

Nosotros solos, sin ayuda de nadie, debemos comenzar en este periodo por estar bien con nosotros mismos, tranquilos, seguros, en calma. Esto significa reconciliarnos con lo que somos, aceptarnos tal cual y así, empezar a querernos a nosotros mismos para que podamos querer y ser queridos.

Este es el principio de todo. La pareja vendrá después… O no. Además, estar enamorado no es nada que físicamente el cuerpo humano necesite. De hecho, puede convertirse en algo muy dañino porque el enamoramiento más profundo corre el peligro de convertirse en dependencia afectiva y justamente esto es lo que termina alejando de nuestro lado a la persona que más queremos y lo que termina destruyendo nuestra autoestima y nuestra personalidad.

Hemos de tener en cuenta que estar sin pareja es un estado más, como el estar casado, viudo o soltero, estados que pueden ser todos igual de cambiantes y de transitorios. Nuestra vida es un constante devenir de entre estados. Antes teníamos pareja, ahora no la tenemos. Pronto otra vendrá, y así sucesivamente. Al principio de nuestra vida estamos solos y después de una ruptura volveremos a estarlo. Nada es definitivo, todo es mutable. Y hemos de conseguir hacer estos cambios lo menos traumáticos posible. Lo conseguiremos si somos conscientes de que los estados de soledad pueden ser aprovechados y terminar resultando una experiencia enriquecedora.

Aprovechar el momento
Al fin y al cabo es nuestra oportunidad para estar enteramente pendientes de nosotros mismos como antes no estábamos, conocernos, cuidarnos, dedicarnos tiempo, crecer y renacer fortalecidos por una experiencia que nos permitirá estar abiertos a toda una serie de nuevas posibilidades que están ahí fuera esperando.

Cuando estamos solos con nosotros mismos, tenemos el tiempo y la ocasión de examinarnos a fondo y sacar todos nuestros trapos sucios fuera, aquellos que no le enseñaríamos a nadie, y enfrentarnos realmente a todo eso de nosotros mismos que tememos ver de frente. Intentaremos ver desde una perspectiva externa cuáles han sido nuestros comportamientos y actitudes positivas y negativas, analizando sus causas y consecuencias y reflexionar sobre las formas de actuar que elegiremos para un futuro.

Asimismo, es también el momento de reconocer todo lo brillante y destacable que hay en nosotros. Nos haremos conscientes de nuestras virtudes más valiosas e intentaremos sacarles el mayor provecho. De esta manera estaremos orgullosos con lo que somos, con lo que hemos conseguido hacer de nosotros y con el camino recorrido que nos lleva hasta donde hemos llegado.

Lo más importante de estos periodos de soledad será la fase de reafirmación y elevación de nuestra autoestima. Tenemos que darnos cuenta de que no necesitamos que nadie externo nos afirme como valiosos porque el valor de cada uno está en nosotros mismos. No necesito que mi pareja me diga lo estupendo que soy o lo mucho que valgo. Independientemente de lo que nadie me diga, la única manera de darme valor es haciéndome consciente de que realmente valgo y siendo yo quien me otorgue valor a mí mismo, no nadie de fuera.

Todo ese tiempo que antes le dedicábamos al otro, lo dedicaremos ahora en encontrarnos, afirmarnos, valorarnos, cultivarnos y querernos. Así, convertiremos un estadio de nuestra vida a menudo traumático, en algo enriquecedor que hará de nosotros seres mucho más atractivos.

Un buen comienzo sería asumir que dejar de tener pareja no le quita sentido a nuestra vida, le da uno nuevo, lleno de matices enriquecedores.

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